sábado, 26 de diciembre de 2009

Una experiencia única.

Alabado sea Allah creador del universo, Único y Todopoderoso. Alabado sea Allah, creador del universo que ha expandido los cielos y la tierra cuando en un principio era un todo homogéneo y estaba unido. Alabado sea Allah, que dio Su orden cuando el cielo era humo, nebulosa. Alabado sea Allah que nos ha creado con el propósito de que le adoremos. Allah ha dividido a la humanidad en pueblos y tribus para que, al multiplicarnos, nos conozcamos y aprendamos unos de otros, para que compartamos conocimientos y experiencias y para que nos respetemos y vivamos en hermandad. Alabado sea Allah que ha prohibido la injusticia, la opresión y la tiranía. Alabado sea Allah, que ha gravado en nuestro interior la fitra, la tendencia innata que ansía el reencuentro con Allah y nos hace reconocer la verdad cuando Allah nos la pone en el camino.

Alabado sea Allah por sus innumerables dones, porque mires donde mires ves Su generosidad y maravillas. Alabado sea quien ha creado lo imaginable y lo inimaginable, quien hace que lo vivo muera y lo que está muerto vuelva a la vida. Alabado sea Allah que nos ha creado de tierra y nos ha formado en el cuerpo de nuestras madres cuando no éramos nada, haciéndonos humanos. Alabado sea Allah quien nos va hacer volver a la vida cuando de nuevo seamos tierra, y de la misma manera que una tierra muerta resucita a través del agua de la lluvia creciendo la vegetación, así será nuestra resurrección

In sha Allah. Alabado sea Allah, que todo lo sabe, nada escapa a Su ciencia. Él ha creado la ciencia y sabe cuando cae una hoja de un árbol, sabe lo que manifiestan y ocultan los corazones (incluso algo del tamaño de un grano de mostaza, de un átomo o incluso algo menor que eso) y conoce el movimiento de hasta la más minúscula partícula material o inmaterial que en estos momentos puede haber en tu corazón, en tu mente, en tu casa, en tu barrio, en tu país o en cualquier lugar de Su creación. El poder de Allah todo lo abarca y él es el Sapientísimo, quien todo lo sabe.

Que la paz y bendiciones de Allah sean con nuestro querido Profeta Muhammad (la paz y bendiciones de Allah sean con él), anunciado en la Torá y en el Evangelio como una misericordia para los mundos, enviado para todos los pueblos, razas y tribus de la tierra sin distinción de ningún tipo. El mensaje que nos ha sido legado de Muhammad no hace distinciones de clase, casta

sexo, nacionalidad, ni existe un pueblo elegido sobre los demás ni tampoco hace a unas personas superiores sobre las otras, sino que toda la humanidad es sumisa al decreto de Allah.

Muhammad ha sido perseguido, torturado, ha sufrido siendo víctima de intentos de asesinato, de la muerte de su queridísima mujer Jadicha, del brutal homicidio de su tío y ha luchado hasta lograr que lo que para el resto de la humanidad es un ideal, hacerlo realidad: la consolidación de la Verdad. Con el permiso de Allah(s.w.t.), el Profeta Muhammad (s.w.s.) destruyó los ídolos de la kaaba y del corazón del ser humano. Tanto las inertes piedras ante las que se vertía sangre humana a modo de sacrificio como los ídolos que dominaban el corazón de nuestros antepasados (la superstición, las “fuerzas invisibles” que se creía que nos manejaban, el miedo, el pecado, el oscurantismo, la ignorancia…es decir, cualquier cosa excepto Allah. Tal es el extravío al que es capaz de hacer llevar el Shaitán a la humanidad) fueron sustituidos por la búsqueda de Allah.

Y así, cuando los falsos dioses cayeron, el pueblo más

bruto, atrasado y primitivo de todo el planeta se convirtió en la civilización más avanzada de la humanidad. Unió pueblos y personas hasta entonces en perpetua guerra, lucharon contra la tiranía desde Arabia hasta la península ibérica, demostraron las más altas cualidades que un pueblo puede poseer, crearon las bases de la ciencia, del estudio histórico, de la democracia y de la convivencia en la diferencia, no de manera teórica ni ideal, sino de manera real, la verdadera manera de hacer las cosas. Repartieron

justicia, crearon códigos humanitarios en caso de guerra,

terminaron con la miseria, crearon una civilización de luz

y esperanza como reflejo para toda la humanidad, y han hecho llegar hasta hoy en día de manera inalterada las dos fuentes necesarias para poder encender de nuevo esa luz, esta vez inshala para siempre: el Corán y la Sunna. Al igual que con la llegada del Islam en el siglo VII, en estos días debemos volver a derrumbar los ídolos que nos rodean (fanatismo, ignorancia, materialismo, cobardía, nacionalismo, pereza…) para que esa luz pueda volver a brillar in sha Allah.


Como muchos de vosotros sabréis, éstos han sido los días del Hayy, los días del año en los cuales las musulmanas y los musulmanes nos dirigimos con el cuerpo y el corazón hacia la tierra donde resurgió el Din (manera de vivir) que Allah le dio a la humanidad, esta vez de una manera definitiva: el Islam.

Os confesaré una cosa: cuando se me ofreció la posibilidad de ir a La Mecca, no me lo creía. Pensé que bueno, quizá se me ofreció, pero las cosas se complicarían y al final podría no ir. El hermano que me informó sobre la posibilidad de ir al Hayy me dijo que hiciera du´a porque la verdad es que entre los estudios, el trabajo, la situación en casa y los problemas personales estaba un poco difícil. El tiempo iba transcurriendo y hacía du´a en mis Salat, pidiéndole a Allah que me permitiera ir. Que los exámenes, mi situación en casa, el trabajo, todo me cuadrara de manera que pudiera ir. Efectivamente todo cuadró a la perfección y creedme, era muy difícil, pero no para Allah. Así salí de mi ciudad a las tres de la mañana, cogí el bus hacia Madrid y tras estar allí un par de días con unos hermanos me dirigí a Valencia. Tras estar también un par de días salimos en bus hacia Barcelona, donde cogeríamos el avión hacia Amman, Jordania. Aquí es cuando comienzas a ver la verdad sobre ir al Hayy: es una lucha sin cuartel porque todo se complica, controles, invalidaciones de billetes, etc… mientras va pasando el tiempo antes de volar vas conociendo a la gente que está contigo para realizar la peregrinación y ves que están en tu situación: no tienen ni idea de lo que les espera. Una vez en el avión, volando hacia Jordania vas conociendo a más gente en el avión, y finalmente al llegar al miqat preparas el haram (tomas la ducha, al gust, y te colocas las dos prendas quedando así en estado de Umra). Entonces realizas dos rakat y automáticamente se puede decir que ya eres un invitado a la casa de Allah. A partir de ese momento, hay que mentalizarse: eres un invitado por Allah, entonces de tu educación y comportamiento en esta casa tienes que sacar lo mejor que haya en tu persona, especialmente tener mucha, mucha, paciencia.

Tras ponernos en estado de ihram y realizar estas dos rakats, tomamos el vuelo hacia Yedda (Arabia Saudí). Durante el vuelo, hablando con la gente de al lado sobre Corán, aleyas que te llaman la atención, etc... el tiempo se pasa más rápido. Después muchísimo duaá en grupo: “Labbayka Allahumma Labbayka…” (Du´a de respuesta a la llamada de Allah). Y nada más llegar a Arabia Saudí, más paciencia: controles, esperar colas kilométricas después de toda una noche de viaje sin dormir… A continuación esperar cuatro horas más por el autobús en el aeropuerto. Allí por lo menos ves la luz del día. El cielo en Arabia es como liberador, está despejado, te da una sensación de libertad extraña. Es como si en la ciudad donde vives las edificaciones y las estructuras arquitectónicas oprimieran, sin embargo ahí el cielo, su color, su inmensidad estuviera por encima de cualquier actividad humana (que por cierto, hay mucha y muy bien elaborada). Después de esa espera, quedándote dormido y despertando una y otra vez, con el sueño alterado y con algo de resfriado y fiebre, cogemos el autobús y nos dirigimos hacia Mecca. Aquí es donde comienza la parte fuerte, donde se manifiestan las sorpresas y los descubrimientos. Llendo en el bus abarrotado de gente durante unas tres horas, con un calor abrasador (soy del norte), resfriado con fiebre, con el sueño alterado, sin comer, etc…. como la mayoría de la gente que venía con nosotros, me encontraba muy mal, estaba frío, pálido, medio enfermo. Paramos en un lugar donde nos dieron unas botellas de agua, se trataba de agua de Zam-Zam. Este agua proviene de un manantial que se formó de manera milagrosa en medio del desierto hace cinco mil años, tiene una calidad en cuanto a pureza en su composición que la hace única en el mundo, ha sido corroborado por estudios científicos que su origen es desconocido y las propiedades de dicha agua inéditas en el planeta. Como dice la tradición profética, Sunna de Muhammad (S.W.S), fue el ángel Yibril quien con el permiso de Allah dio un golpe y comenzó a brotar este manantial. Aquí tenemos un milagro de Allah en Mecca. Pues bien, cuando comencé a leer sobre este tema en un principio era un tanto escéptico a decir verdad, ya que pensaba algo así como: “Bueno, esta agua puede ser muy buena, pero milagrosa…no se, a lo mejor los musulmanes lo tienen idealizado y al beberlo dicen que se mejoran pero es una cuestión más psicológica que otra cosa…” pero como todo en el Hayy, quité esa mentalidad de presuponer cosas y dije: “Que sea lo que Allah quiera”. Me dieron el agua, bebí de ella, y lo primero que noté fue como unas chispitas en todo el cuerpo y a los dos segundos noté como la cabeza no me dolía y me desaparecía la fiebre y el malestar, luego notaba que la palidez ya no la tenía e inmediatamente que tenía buen humor (todo en cuatro, cinco segundos más o menos). Después, lo normal sería sorprenderse, pero realmente no me sorprendí porque estamos en los días del Hayy, las cualidades del Zam-Zam son descritas en la Sunna y como dice Allah en el Corán, en Mecca hay señales claras. Una vez más, las enseñanzas islámicas vuelven a tener razón sobre la lógica racionalista (y acorde con la lógica racional: Allah, al ser el creador del universo, lo puede todo. Hace lo que Le place). Bajamos a los 10 minutos del bus para descasar y un compañero de viaje me dijo: “Kike, te ha cambiado la cara, pareces otro”. En ese momento eran las 19:30 de la tarde aproximadamente, y pasé de estar destrozado a querer llegar a la Kaaba para hacer la Umra.

Estaba nuevo, como si todo el viaje desde que me fui a las tres de la mañana desde mi ciudad no hubiera pasado y me levantara fresco de cama, pero en las afueras de Mecca. Subimos al autobús, andamos una hora más, entonces

cambiamos de bus. A continuación, en este segundo bus, paramos una media hora para hacer otro control y finalmente llegamos a Mecca.

Lo primero que ves al llegar a Mecca es que se trata de una ciudad que para bien o para mal, está en boca de todas las personas del mundo y cuando la ves con tus ojos, entiendes por qué. Lo primero que ves, son a las personas. Humanidad. Hay más personas que casas, que metros en un edificio y que elementos materiales en la calle. Ves a personas caminando de un lado a otro sin parar en un movimiento constante con sus vestidos tradicionales, las chicas con sus pañuelos. Venidas de todas las partes del mundo, la gente no cabe en las aceras y tienen que ir por la carretera, todo abarrotado de gente y sin embargo no ves un accidente. Escuchas recitaciones del Corán a todo volumen y música tradicional, te preguntas: ¿Hay una fiesta dentro de la espiritualidad que ves, o es la espiritualidad verdadera una fiesta? Porque Mecca es como una fiesta, las personas que asisten a una fiesta siempre buscan algo que no encuentran, pero en Mecca todo el mundo encuentra lo que busca.

Tras instalarnos en la pensión, mientras la gente descansaba bajé a la calle y comencé a ver que cada vez había más gente y cada vez más dispar. Entonces es cuando piensas lo siguiente: Mecca es la ciudad por excelencia en la Tierra, es lo opuesto al individualismo y a la soledad y desesperación que las personas sufren y que tan fácilmente se reconoce en los rostros. Mecca es una ciudad muy simplona, está en el desierto pero sin ser desierto, entonces tampoco tiene ese elemento exótico que muchos pueden llegar a imaginarse. No. Mecca es simple, una ciudad sencillísima en todos los aspectos, una ciudad que hasta los más nuevos edificios son de mucha calidad pero sencillos y sin alardes. Todo es muy “rural” pero sin ser rural ya que también hay modernidad pero nada babilónico, es todo muy sencillo. Es una ciudad que no destaca por nada. Incluso la Kaaba es un simple cubo negro de miles de años de antigüedad y tampoco es ningún alarde artístico, sólo marca una dirección. Y es ahí donde precisamente te sorprende más: ¿qué tiene esta ciudad tan sencilla que la hace tan especial, que le da ese ambiente? Y digo “que le da ese ambiente” porque mucha gente debido a la influencia de la religiosidad creada por parte de la iglesia romana tiende a tener pensamientos acerca de Mecca como “ciudad santa” como si hubiera reliquias o la gente estuviera en éxtasis religioso, o fuera un lugar de retiro espiritual donde hay soledad y seriedad. No, para nada, es una ciudad totalmente humana y destaca precisamente por su radical humanidad, la gente de allá para aquí, se come en la calle, se hace Salat, se habla, se ríe, se conoce a gente, todo el mundo habla con todo el mundo… insisto, es muy humana y no prima ni el materialismo aunque haya muchísimos zocos ni la beatería religiosa aunque esté la Kaaba. Lo que existe es una espiritualidad telúrica, equilibrada, sencilla, humana, universal y a fin de cuentas real, demostrable en la convivencia de gente tan dispar que allí se junta. Sé que a alguna gente le puede chocar que diga que existe un ambiente festivo porque pueden objetar que debería ser solemne, al tratarse de estar cerca de lo que los musulmanes reconocemos y aseguramos sin ninguna duda como La Verdad, pero yo digo: es que lo natural es estar alegre, estar como en una fiesta (como es Mecca) porque, si tú estás cerca de una persona que quieres, o estás tan cerca como en su casa no estás serio, estás feliz. Estarías serio si estuvieras lejos y tuvieras que buscarla, pero sabiendo que estás en su casa estás feliz. Por eso Mecca es tan dinámica y alegre, no es un retiro, es una inmensa fiesta porque las personas están cerca de lo que es más querida para ellas: Allah.

El primer día hicimos la Umra. Llegamos a la mezquita de Mecca y entramos hasta la Kaaba. Vimos la Kaaba por primera vez. Hicimos el du´a que le corresponde y entramos a la explanada. Ni que decir tiene que la explanada está abarrotada, que es todo una odisea hacer el tawaf (circunvalación de siete vueltas alrededor de la Kaaba) y que sobretodo es impresionante estar ahí. Voy a dedicar un párrafo largo a la experiencia de circunvalar la Kaaba porque la verdad es que es especial por su simpleza y profundidad.

Al comenzar la circunvalación, lo primero visible es la Kaaba en particular, muy grande (unos veinte metros de alto aproximadamente) y miles de personas alrededor dando vueltas en la misma dirección (que coincide con la dirección de las partículas elementales que circulan alrededor del núcleo del átomo: protones, neutrones) Ves, mujeres, niños, adolescentes, ancianos, gente en silla de ruedas… todo el mundo quiere adorar a Allah, todo el mundo quiere Su complacencia, todo el mundo ama a Allah y cada uno tiene su manera de expresarlo: unos lloran, otros ríen, algunos leen el Corán, grupos de gente hacen du´a, gente individualmente va haciendo dikr, hay quien busca acercarse lo más posible a la Kaaba, en fin, ves acciones de todo tipo y una vez más te das cuenta de la riqueza del Islam, cada persona adora a Allah como lo siente, no es nada uniformado ni rígido, es muy libre, las personas se van liberando a medida que dan vueltas y piden por sus familias, sus padres y madres, sus seres queridos, sus hermanos y hermanas en Allah, la Umma, la humanidad sufriente, alaban a Allah, recitan el Corán, y todo ello haciendo un movimiento universal: el circular, el más sencillo pero el más certero: el comienzo y el final, como la vida, sin angulaciones que marquen curvas de inflexión, la igualdad total en la perfección del movimiento como la rotación de los astros en la infinidad del universo, aprovechando cada vuelta como si fuera la última en la vida, con pasión pero con razón, respetando a los que están alrededor, que son miles. (Siempre hay algún choque, es normal, pero casi siempre se arregla con una sonrisa y un abrazo). A medida que vas dando vueltas, te das cuenta de otra cosa: notas inshala la baraka descendiendo desde el cielo, notas como algo que cae fluyendo alrededor de esa inmensa masa de gente, notas como los du´a suben y las bendiciones bajan, las personas que estuvieron en Mecca saben a lo que me refiero. Y no es ningún éxtasis religioso extraño producto de la devoción ciega, es un proceso tan normal como que un grupo de gente realizando una misma acción sin brusquedad, con respeto y con confianza certera en Allah recibe su recompensa. En ese momento, toda esa gente está dando lo mejor de si, y Allah sin duda les da lo que merecen. Debéis tener en cuenta, vosotros que estáis leyendo, que quien os está contando esto es una persona que no ha nacido con el Islam, que hizo la Sahada justo un año y cuatro días, que era totalmente escéptico antes, que no le importaba lo más mínimo los temas que tuvieran que ver con Dios y que además siempre está a la defensiva en temática espiritual, y os aseguro que al entrar en la Kaaba iba con la mosca detrás de la oreja, decía: “a lo mejor los musulmanes tienen el sitio idealizado y pierden la razón con la pasión, entonces son ellos quienes idealizan el sitio”. Os repito que no tenía ni idea de con lo que me iba a encontrar. Pero, ¿qué es lo que me encontré? Pues sencillamente con un cubo negro sin ninguna forma especial ni valor, que simplemente marca una dirección. ¿Qué se va a idealizar ahí? ¿Y qué más hay ahí idealizable? Pues nada, porque precisamente el objetivo es Allah y nada más. Ahí está la grandeza de Allah, aglutina a millones de personas en un sitio que no tiene ningún valor porque todo el valor, toda la adoración, todo el amor y todas nuestras lágrimas y energías, nuestras gratitudes, vidas, muertes, sueños, oraciones y súplicas le pertenecen a Allah. Así es Allah, creador del universo, de la misma manera que poderosos emperadores y titánicos faraones murieron en el olvido y sin embargo coge a un niño pobre sin padre en un arrabal de Jerusalén y lo convierte en una de las personas más admiradas de la humanidad (Isa, la paz de Allah sea con él), las ciudades más poderosas de la humanidad a lo largo de la historia fueron destruidas, conquistadas y olvidadas, sin embargo en plena época de materialismo y ateísmo es capaz de hacer que la adoración que Le pertenece no decaiga lo más mínimo, es más, aumente de manera radical insisto, en esta época de crecimiento de la descreencia, en la ciudad más sencilla y perdida dentro del templo más simple alrededor de la casa de adoración más antigua y primitiva: la Kaaba.

Por otra parte, mientras estás dando las vueltas piensas en una cosa: todo lo que tú estás haciendo, lo que esa mujer de India hace, ese señor afgano hace, ese niño malayo hace, ese grupo de indonesios hace, es exactamente lo mismo que los profetas hicieron, ahí estuvieron Ibrahim, Isa, Muhammad, etc…. haciendo exactamente lo mismo sin innovar nada. ¿Y que se va a innovar en dar vueltas alrededor de un simple cubo? Allah es sabio…Es decir, sabes con seguridad que estás adorando a Allah como él quiere, sin asociarle nada, sientes que esa baraka cae como caen las hojas en otoño, despacito, con suavidad, es que lo notas. Hermanas y hermanos, cuando estéis ahí también vosotros lo notaréis inshala.

El primer día me perdí del resto del grupo en la sexta vuelta, entonces como no sabía bien con total seguridad como continuar la Umra me fui a la pensión (tras estar dos horas buscando a la gente) bastante fastidiado. Pensé: “Que mal, que mal, me he perdido, empezamos bien…” y me puse muy mal porque no sabía si la había perdido o

qué pasaría. Después me dijeron que la podía continuar sin problemas al día siguiente y así lo hice. Es muy importante no desesperarse ya que todo lo que le ocurre a una persona en la vida es porque Allah quiere, entonces siempre es bueno y si es algo que pensamos que es malo (y que sin saberlo puede en realidad ser bueno) debemos decir Alhamdulilah y aprender de eso. Eso en la vida diaria, pues imaginaos en el Hayy!!!! Al día siguiente, sin ningún problema, hice Safa y Marwa, las dos rakat y finalmente me corté el pelo, acabando así esta primera Umra. Como hice cinco Umra, pude llevar a cabo el tawaf desde los distintos pisos. En primer lugar está la explanada que es lo mejor; está el piso uno, que bordea la Kaaba desde la altura y finalmente está la parte de arriba que es una azotea gigante que también la bordea. Yo pude hacerla desde esas tres partes, pero si os digo la verdad, lo mejor es hacerla en la explanada aunque cueste más. Además de ir a la mezquita de Mecca para hacer Umra, también hacíamos tawaf voluntario y el Salat. El Salat es impresionante. Ves a miles de personas buscando y luchando por un sitio, como vienen los vigilantes de la mezquita y les quieren echar, entonces hacen como que se van y cuando los guardias van a reprender a otro vuelven. La gente busca cualquier rincón, cualquier parte, cualquier mínimo sitio, es un gran esfuerzo encontrar un sitio en la mezquita para hacer Salat, es muy difícil. La verdad es que he visto a gente perder dinero y buscarlo, o algo de valor y buscarlo, pero no con tanto empeño como esta gente que lo que buscan es un sitio cualquiera para, hacer el salat!!!! Adorar a Allah, esa es la recompensa a esa búsqueda donde tienes que esquivar a vigilantes, correr a través de las filas, buscar un hueco en el que no te echen para poder hacer Salat. Es decir, la gente casi se “pelea” no por nada material, sino por poder adorar a Allah.

Otra cosa impresionante es hacer la Salat en el piso de arriba de la mezquita. Escuchar el Azhan, la iqama, bufff…. Es impresionante. Es mejor aún hacerla cerca de la Kaaba, después os cuento eso. Una vez que terminas la Salat desde arriba mucha gente va a ver la circunvalación desde una posición de altura, es decir, ves a la gente dar vueltas abajo y tú los ves desde arriba (más o menos desde ciento cincuenta metros). Pues viendo todo eso te das cuenta de otra cosa: lo que ha provocado un Libro. Ha provocado que una ciudad insignificante sea la ciudad más visitada del mundo y viendo a millones de personas ahí, en vivo y en directo, sin sitio ni para un alfiler, te preguntas (aunque ya sabes la respuesta): ¿Qué clase de libro es capaz de hacer esto? Porque no es un pueblo, ni unas razas, ni son unas nacionalidades de un continente del mundo ni siquiera de bastantes países, es que son todas!!!!! De todas partes, y una cantidad que no cabe nadie más en la ciudad además de la gente que ha sido denegada por Arabia Saudí ya que el número de visitantes tiene un límite, y eso que los no musulmanes no pueden entrar!!!! Ni siquiera hace falta proteger a la ciudad porque como dice Allah en el Corán, está protegida. Y es que esa masa humana la ocupa de manera permanente.

Ahí es donde comprueban en vivo y en directo cómo todas las mentiras que a lo largo de tu vida has escuchado se esfuman al entrar en contacto con la realidad más directa del Islam: Mecca. No es el Al Andalus de hace siglos ni el Irán actual, ni se trata de ninguna cultura concreta con sus peculiaridades: es Mecca, la esencia del Islam, la ciudad que nadie vio y de la que todo el mundo habla, ¿y cómo es Mecca? Pues es PAZ, entre la gente más radicalmente diferente que te puedas imaginar y es CONVIVENCIA entre millones de personas en un espacio muy pequeño.

¿Resultado de todo ello? La gente que está ahí pasa los mejores momentos de su vida. También piensas: ¿Esto es porque el ser humano se hizo perfecto y ya no miente, no engaña, no altera las escrituras o la manipulación de las fuentes pasa en todos las religiones pero es que con el Corán no pueden? Es que con el Corán no pueden, está protegido también al igual que Mecca porque sino, ya lo habrían manipulado y habrían hecho como en otras ciudades “santas”, convertirla en un mercado de “espiritualidad”. Y no han faltado intentos a lo largo de la historia por falsear el Corán, pero todos han fracasado. Y eso lo ves en la Mecca en tres dimensiones, ves como la gente acude en masa a la adoración y la práctica de Allah permanece inalterable. Pero insisto, verlo en tres dimensiones es todavía más impresionante.

Os voy a contar una anécdota: la mezquita, como os indiqué antes y además os imaginaréis, está abarrotada de gente y no hay sitio para nada, está a tope. Al segundo día,

después de dormir, fuimos a realizar la Salat. Bajando las escaleras, vimos que los pasillos estaban abarrotados de gente dispuestos a hacer la azalá y que no se podía andar. Yo pensé: “¿Cómo es que toda esta gente no va a la mezquita si llevan tiempo aquí ya y podían ir en vez de quedarse? De esta manera, con toda la pensión abarrotada de gente no puedes caminar hacia la salida y entonces volví a la habitación para hacerla de una vez y resulta que el pasillo de mi habitación también estaba abarrotado, cogí un hueco en una pequeña esquina del pasillo (donde pude) y allí realicé la Salat. Pensé: “Que raro, ¿por qué estará tan abarrotado el hotel?” Ese día lo pasamos entero en la mezquita todos juntos, haciendo Salat, circunvalando y reunidos en grupo haciendo un círculo con alfombras y haciendo preguntas al sheik, contando experiencias… Entonces lo que pasó ese día en el hotel no lo entendí hasta el día siguiente. Al día siguiente me levanté para el dorg (por que el Fayr o As-subh lo hacíamos en la mezquita después de pasar allí toda la noche circunvalando) y también estaba abarrotada la pensión pero esta vez pude ir hasta la puerta y al intentar alcanzar la calle para ir hasta la mezquita (que estaba a ochenta metros de la pensión) comprobé que la calle estaba abarrotada por completo de gente, no se podía caminar. Todo. La carretera, las aceras (ya no distingues entre una cosa y la otra) estaban más abarrotadas que los pasillos de la pensión. Todo lleno de alfombras y gente. En realidad todo Mecca es un reflejo de su mezquita, a la hora de la Salat no hay sitio. Subí como pude a la habitación de nuevo y desde la ventana del piso séptimo visualicé toda la ciudad y estaba igual, no ves el asfalto del suelo, solo millones de cuerpos, cabezas y alfombras preparadas para la Salat. Millones de cuerpos ocupando la ciudad. La mezquita se abarrota y la gente se prepara en los alrededores. Pero cuando los alrededores se abarrotan la gente coloca sus alfombras por las aceras, luego en la carretera, la gente de las tiendas convierte sus tiendas en mezquitas improvisadas y finalmente no se puede caminar porque ya no hay más sitio. Entonces comienza la Salat, y reina el silencio absoluto. Sólo se escucha la recitación y al Iman, suspiros que dicen: Allahu Akbar y pequeñísimos murmullos de duas, pero el temor a Allah se manifiesta a través de un silencio absoluto. Finalmente, al terminar, la gente se va cada una a un sitio (generalmente a la mezquita, como era nuestro caso) y no pasa ningún incidente a pesar de la cantidad tan enorme de gente que allí se reúne. Entonces dices: Allahu Akbar!

Es impresionante, y la ciudad pasa de la calma absoluta de la Salat a la fiesta de nuevo, el camino hacia la mezquita, los zocos, la gente haciendo Salat voluntario por todos lados, la música tradicional, la recitación del Corán y todo el encanto de Mecca. Después vuelve al Salat y lo ocurre lo mismo, el silencio absoluto, para luego volver a la fiesta. Y este orden se mantiene ininterrumpidamente durante mil cuatrocientos años y continúa, es como la circunvalación: se da la vuelta a la Kaaba, y al pasar de nuevo a la altura de la piedra negra, se completa otra vuelta más y continúan igual millones de personas en una práctica inalterable.

Más arriba os indiqué que os hablaría acerca de realizar la Salat cerca de la Kaaba. Como os imaginaréis es casi imposible, porque la avalancha de gente es tal que ni siquiera dentro de la mezquita en los sitios comunes (atrás, en el medio…) se puede realizar la Salat con tranquilidad, siempre lleno de gente y abarrotado. Pues bien, en más de una ocasión estuvimos cerca de la Kaaba, pero la vez que más sentí la Salat en la Kaaba fue la primera vez que la hicimos cerca de la misma. Allí, al segundo día al lado del cubo, donde están las escaleras tuvimos que hacer las rakat sin poder postrarnos en suyud, sino que la hicimos de pie y al postrarnos nos sentábamos en las escaleras y realizábamos el suyud doblando la espalda, el cuello y dirigiendo la mirada al suelo. Era la Salat del Az-zuhr, y el cielo estaba claro. Al realizarla tuve una sensación de bienestar impresionante. Fue única en mi vida. Pensé entonces, que quizá Mecca es como la ciudad natural del ser humano de la misma manera que el Islam es el Din (modo de vida) correcto para el ser humano. Para que nos entendemos y espero que no suene a frivolidad, es como si Mecca hubiese sido mi barrio, o como si en mi barrio toda la vida hubiera algo de la esencia de Mecca pero que ha sido velado por otras cosas, así en todas partes y sólo en Mecca se mantiene esa sinceridad, esa inocencia de una ciudad que es lo que la hace tan grandiosa siendo tan humilde. Digamos que, si a nuestros barrios le quitas la droga y la sustituyes por la Salat, quitas la amargura y soledad de las gentes y la sustituyes por el recuerdo de Allah (Dikr), muchos velos caerían en nuestras ciudades. Quizá la gente viera el engaño al que son sometidos, se diera cuenta que para ganar lo mejor es compartir y que para animar una fiesta no hay mejor música que la recitación del Corán en la libertad de la calle, llendo alegremente de un lado hacia otro y recordando que no hay divinidades, hay Allah como Suprema Realidad y que las supersticiones, miedos y supercherías de la gente en realidad son intentos perjudiciales por eludir la realidad de la presencia de Allah y que sólo genera daño contra ellos. Inshala las gentes se den cuenta. Hermanos, vuestros du´a por nuestros vecinos y compatriotas no musulmanes que, aunque lo nieguen, necesitan desesperadamente a Allah. Pedid por ellos, porque hubo un día que muchos de nosotros fuimos no musulmanes y nuestras hermanas y hermanos nos guiaron.


Me gustaría hacer un alto en mi explicación y tratar de explicar un asunto del que hablé líneas atrás y pienso que se trata de un factor importante para aclarar. Se trata del hecho de que Mecca y Medina sean ciudades Haram (prohibidas) para los no musulmanes. Si tú, quien estás leyendo esto eres no musulmán, posiblemente te preguntes por qué es una ciudad prohibida para ti, siendo el Islam universalista y abierto a todos los seres humanos. Efectivamente es un asunto que puede dar pie a muchas interpretaciones erróneas, una de ellas que el Islam es exclusivista. Precisamente el Islam es todo lo contrario al exclusivismo, no puede ser más abierto: árabes, indios, españoles, brasileños, chinos, coreanos, turcos, indonesios, palestinos, franceses, suizos, chilenos, afganos, tailandeses, egipcios, argelinos, marroquíes, estadounidenses, etíopes, piensa cualquier país del mundo y en Mecca encontrarás como mínimo un grupo de gente de ese país (hombres, mujeres, niñas, niños, adolescentes, bebés, ancianos…).

Entonces, ¿Cómo es posible que sea una ciudad prohibida para los no musulmanes? ¿No se trata esto de una clara contradicción?

Efectivamente, es algo demasiado evidente como para que de una contradicción se trate. El Islam es la verdad Al Haq y como tal, la verdad no engaña a nadie porque sino sería mentira. Y como el Islam no engaña a nadie y dice las cosas muy claras, de manera rotunda, (¿Quién no se sobrecogió la primera vez que leyó el Corán?) el Islam prohíbe entrar a los no musulmanes en la Mecca porque sino engañaría a los musulmanes. Porque sino sería un “mercado de espiritualidad” en el que cualquiera puede “consumir” sin cumplir ningún requisito. ¿Qué tipo de alumnos y futuros profesionales prepara una universidad que ni siquiera exige una nota de corte mínima? ¿Y si ni siquiera exige nota de corte?¿Ni examen de acceso? ¿Ni tiene señalada una edad mínima para el ingreso?

Hace años a un amigo mío que era un estudiante muy brillante abandonó el colegio en el cual estudiaba, entonces fue a un instituto en el que el requisito mínimo era cubrir los datos y entregar una foto del carnet de identidad. Estuvo dos años en ese centro, suspendió, perdió el hábito de estudiar, adquirió vicios que antes no tenía y dejó los estudios.

Sin embargo Alhamdulilah a mi me ocurrió un poco lo contrario. Era mal estudiante desde muy pequeño y me fui a matricular en el centro más exigente de la ciudad. Para ser admitido tuve que optar para una plaza pendiente y me hicieron una entrevista personal de más de una hora y eso que también se trataba de un centro público. Me admitieron, rectificaron y dijeron que no. Más adelante me volvieron a decir que sí, y me dijeron todas las condiciones. Me pareció mucha parafernalia, ahora bien, en ese centro tan exigente aprendí a estudiar de manera efectiva y a pesar de ser el centro de más alto nivel de mi ciudad aprobé todo y aprobé selectividad a la primera sin ningún tipo de problema. Exigían, pero la claridad de sus enseñanzas, la calidad en sus explicaciones su profesionalidad (lo digo a sabiendas, ya que estudio magisterio) como docentes me sorprenden aún hoy.

Entonces la diferencia a la hora de admitir a la gente es importante. No se trata de clasismo ni nada por el estilo, se trata de cumplir con un mínimo para que no salga perjudicado ni una parte ni la otra. Cualquiera podía entrar en el centro que me matriculé, pero tenía que cumplir con el reglamento. Era rígido, pero era lo que había y te lo daban por adelantado. Si quieres esto, tienes que dar algo a cambio. Si quieres algo de valor tienes que ganártelo, algo por otra parte lógico. En el Islam no pide que seas de una raza especial, ni de un pueblo elegido, ni que tengas un nivel económico determinado, ni siquiera que dejes a nadie que haya sido tu amigo, ni que te alejes de tu familia y padres por Dios, es más, te exige lo contrario, que los quieras más, estés más cerca de ellos y los trates todavía mejor. Tampoco te exige que seas una persona diferente, todo lo contrario, te pide que seas tú al cien por cien, abandonando los hábitos que te impiden mejorarte como persona. El único requisito para entrar en Mecca es decir “La illaha ila Allah wa ashadu anna Muhammad Rasul Allah”. Decir una frase, esto es lo único, el requisito para entrar en Mecca. ¿Y por qué? Pues porque con esta frase comprendes que los “dioses”, las ilusiones, las supersticiones, etc…. no existen y sólo existe Allah, la Verdad Única. Por lo tanto, buscar la “verdad”, la “religión verdadera” es inútil, y sólo te va a llevar a que te engañen, que te vendan una “espiritualidad” acorde con tu ego, con “la verdad” que buscas, sólo tienen que preparar con retórica bellas palabras y que te enganche. El Islam no. El Islam te dice: “mira la naturaleza, el mundo, las estrellas, el universo, una hormiga, un mosquito, mires donde mires todo nace y muere, nada es divino, pero si hace falta algo divino que lleve a cabo todo esto (lo que la gente llama “Dios”). Si vas a un país donde jamás llegó nada del cristianismo y les hablas de Jesús (La paz de Allah sea con él) no van a saber quien es, si vas a un grupo de gente, pongamos una tribu de una parte del mundo que no les haya llegado información acerca del Islam y les hablas del Profeta del Islam, Muhammad, no van a saber quien es, si vas a una comunidad indígena del Perú, por ejemplo, y les hablas de Buda no van a saber quien es, pero si coges a cada uno de ellos y les preguntas quien creó el universo, los cielos y la tierra te van a decir: “Dios” , “la suprema verdad”, etc…(cada uno en su idioma). Hasta los ateos reconocen “que algo hay”. Pues si te das cuenta, eso es lo que te enseña el Islam. Y si vas a Mecca esperando encontrar “la verdad” te vas a decepcionar porque hay no hay nada especial, nada divino. Porque los signos de Allah están en todas partes, en el cielo, en la tierra, en los mecanismos que rigen los órganos de tu cuerpo, los nacimientos, el comportamiento animal…. En todas partes. En Mecca hay los mismos signos, en principio nada en especial. Ahora bien, si vacías tu ego de ilusiones, de fantasías, etc… y sencillamente vas como una persona más a realizar el Hayy, ni más ni menos que nadie, te vas a dar cuenta de muchas cosas. Sigues los pasos de todos los profetas, su guía sin alteración y vas sintiendo muchas cosas, recuerdas partes de tu vida, y te das cuenta que estás aprendiendo cosas que no sabes ni lo que son, pero que estás absorbiendo algo de muchísimo valor. Es como cuando un niño aprende a sumar, sabe que está haciendo unas cosas de matemáticas pero no sabe que en un futuro eso le valdrá para saber medir el tiempo, saber cuanto le pagarán, llevar las cuentas de una familia, etc… Te das cuenta que estás cumpliendo con el Hayy, lo que tienes que hacer por Allah lo estás haciendo con Su permiso, sabes que tus du´a están siendo escuchadas pero sobretodo notas que estás ganando algo de infinito valor y no sabes lo que es… pero siempre con la atención puesta en lo que estás haciendo, sin despistarte ni un segundo por temor al error, aunque sabes que Allah perdona el error involuntario no le quieres fallar.

Junto con el Tawaf se debe realizar Safa y Marwa, que es el segundo paso para realizar la Umra. Partiendo de un punto a otro de la montaña (abarcada dentro de la mezquita) se recorre la distancia que Hagar (La madre de Ismael) recorrió para buscar a su hijo. Es un momento donde, al igual que en el Tawaf, se debe aprovechar para hacer du´a. Se realizan dos du´a, una al llegar a cada punto donde das la vuelta y comienzas de nuevo. Además, en el camino haces du´a también y ciertamente es muy especial. Todas las personas que están ahí también buscan algo: el perdón de Allah, el perdón para sus hermanas hermanos y seres queridos, la guía para la gente perdida, la justicia para todo el mundo, el discernimiento entre lo correcto y lo erróneo y todo lo que una persona puede pedir a su Creador. Hay un momento en el que se debe aligerar el paso y echar una carrera de unos cincuenta metros que representa un momento de la búsqueda muy especial: la madre pudo oír los lloros del niño y apresuró el paso hacia su búsqueda. Particularmente me acordé de todos mis “Ismaíles”, porque todos conocemos y tenemos a nuestros “Ismaíles” que están perdidos, pido a Allah que al final todos los “Ismaíles” (míos, vuestros y de todo el mundo) terminen como el Ismael de Hagar (Paz y bendiciones de Allah para ambos).

Después de realizar Safa y Marwa, se realizan dos Rakats recitando Corán después del Al Fatiha (preferiblemente Itjlas y Kafirun). Es ideal realizarlas cerca de la Kaaba si es posible, pero puedes realizarla donde puedas. A continuación te cortas el pelo y completas así la Unra.

El segundo paso en el orden de nuestra peregrinación es realizar el Hayy, es decir, la peregrinación mayor. Consiste en estar en Arafat (monte donde el Profeta dio el último sermón) haciendo du´a y dikr. Estando ahí te haces consciente de varias cosas. Una de ellas es por qué el desierto es la cuna de la espiritualidad. Y es que al no haber nada de creación humana, sólo arena y cielo, eres totalmente consciente de la creación de Allah. No hay nada, sólo la obra de Allah y el contacto con unas pocas personas (también creación de Allah). De esta manera, el margen de cometer errores se reduce puesto que apenas tienes nada que te seduzca a algo. Entonces tienes una tranquilidad total, tienes todo el tiempo del mundo para dedicarte a Allah, o más bien no tienes tiempo porque el tiempo ahí no existe casi, puedes calcularlo por la luz del sol pero no existe la tensión ni la prisa, sólo el paso del día y la noche. Estás ahí, en tiendas de campaña con otras gentes que nunca viste, y en unos minutos ya conoces como si fueran de toda la vida. Coincidimos con un grupo de musulmanes brasileños, gente encantadora. A uno de ellos lo había conocido en Mecca, se trataba de un palestino que vivía en Brasil y como conozco el idioma portugués pude hablar con él. (Fue con estas personas principalmente con las que compartimos todo el Hayy y la estancia en Medina). Allí en Arafat es un día de tranquilidad, más bien de meditación en la montaña. Si vais alguna vez os aconsejo no quedaros en la tienda de campaña, id hacia el monte y haced du´a y dikr allí porque es mucho mejor. Te encuentras con gente de todas las edades y de todas las nacionalidades haciendo du´a cada uno con su alfombra, desperdigados por las montañas. Las montañas son impresionantes, se nota en el ambiente que hay sobre ellas que allí ocurrieron grandes cosas pero en el momento actual son un espacio para la tranquilidad y para estar junto a Allah. Esta parte del Hayy sí es más meditativa, pero se trata sólo de un día y estás rodeado de gente al igual que en Mecca, por lo tanto no es nada individualista. Te encuentras en un escenario que ya os imaginaréis: desérticas montañas que fueron testigos del paso de los profetas a lo largo de la historia de la humanidad, el cielo abierto ante tu ojos mientras desciende la baraka de Allah en medio de la tranquilidad y silencio del desierto, rodeado de gente de todas las partes del mundo.

La noche se pasa en Muzdalifa. Se trata de una montaña en la que el tiempo transcurre en dikr y du´a. Llegas en un momento en el cual la montaña está casi vacía y al cabo de una hora se abarrota. Si te quedas dormido cuando no hay nadie y te despiertas a la media hora verás que hay miles de personas a tu alrededor. Yo no pude dormir y además pasé una mala noche por cosas que no vienen al caso comentar. Lo cierto es que esa noche toqué techo pero bueno, ya os dije que el Hayy es muy natural y por lo tanto tiene sus momentos buenos (la mayoría) y sus momentos malos. De ahí siempre aprendes algo, y una de las cosas que aprendí es que el Shaitán aprovecha la inactividad

para comerte la cabeza literalmente. Ya lo pensaba antes y había reflexionado sobre ello, pero esta vez lo comprobé prácticamente. De hecho, me tuve que ir a dar una vuelta solo y de tan mal que sentía incluso me sentía bien. Llega un momento que el dolor se hace placer cuando es muy intenso y convives con él. Hasta el tiempo se me pasó rápido, ya que pasaron tres horas cuando creía que sólo había pasado media siendo eso señal de que uno se divierte. Imaginaos. Después, me llamaron para volver en bus y esperamos otras tres horas. Al final llegamos al campamento y dormimos un poco para al poco rato hacer la Salat.

En los tres días siguientes se lleva a cabo el tirar las piedras al Shaitán. Son tres días en los que se siguen con el dikr y los du´a además de esto. Mientras tiras las piedras recuerdas todos los momentos malos de tu vida, tus errores… y sabes que de una manera les “has dado” con las piedras. Esos días es una lucha constante puesto que le estás tirando piedras a tu mayor enemigo, le tienes enfadado y entonces te ataca más duramente. A la mínima va a aprovechar para intentar hacerte enfadar con tus compañeros, ponerte triste, confundirte… pero al final llevas a cabo tu objetivo, se sacrifica el animal y te cortas el pelo completamente. Has realizado Al-Hayy y es Allah (s.w.s.) solamente quien sabe si será aceptado o no.

Al terminar el Hayy nos dirigimos a Al Medina, la ciudad de la Luz, la ciudad del Profeta (s.w.s.). Pero antes estuvimos en la montaña de Uhud, donde se llevaron a cabo las batallas contra los Quarish. Al igual que en Arafat, son montañas muy sencillas, desérticas pero que notas que ahí han pasado cosas. Si una persona no musulmana fuera ahí diría eso, al igual que en Arafat:

“Aquí ha pasado algo importante y algo queda, por eso esta tranquilidad” o algo por el estilo. Os digo esto para intentar aproximaros un poco a lo que es. Insisto, son sensaciones muy naturales, nada “religioso” ni “espiritual” tal y como estas palabras son concebidas en occidente.

Por el camino hacia Medina paramos en varias mezquitas, una de ellas la primera construida por el Profeta Muhammad (s.w.s.) en la Hégira. El camino hacia Medina fue muy duro, ya que fuimos a realizar las circunvalaciones de despedida a Mecca (Tawaf , Safa y Marwa) y como os imaginaréis estaba abarrotado. Al terminar fuimos a comer a las cinco de la tarde y estuvimos esperando desde esa hora hasta las seis de la mañana por el autobús, hicimos el viaje de noche sin dormir, con fiebre, resfriados, enfermos… Nos cogió amaneciendo y pudimos, ahí si, ver el desierto de Arabia que es una maravilla. Son cuatrocientos cincuenta kilómetros de viaje que Sidna Muhammad (s.w.s.) tuvo que hacer escapado contra reloj y siendo perseguido de muerte, con un cambio de temperatura entre el día y la noche que es casi mortal y que realizó para que hoy en día nosotros pudiéramos ser musulmanes. (Que Allah le dé lo mejor para siempre).

Hicimos una parada y finalmente llegamos a Medina. Llegar a Medina es algo parecido a llegar a Mecca porque se trata de un sitio en el que también se nota que han sucedido acontecimientos grandes para toda la humanidad. Nada más llegar a las puertas de la ciudad “ves” como hay algo encima de Medina (algo similar a la baraka que desciende en la Kaaba), como una “nube” de paz y tranquilidad. Una vez dentro de la ciudad, al llegar al hotel vamos rápidamente a la mezquita del Profeta y realizamos la Salat. Entonces nuestros últimos días en Arabia consistirán en estar en la mezquita del Profeta y sentir la tranquilidad de Medina. Aquí te das más cuenta todavía de la diversidad y tolerancia del Islam, ya que ves a más gente todavía y compruebas con más tranquilidad la gran cantidad de familias venidas de todas las partes del mundo. Y digo con más tranquilidad porque aquí no hay circunvalaciones ni cosas que hacer en especial más que la Salat diario y aún así la mezquita está abarrotada. Por otra parte me gustaría señalar y corroborar la impresionante belleza de la mezquita, mires cuando la mires te dan ganas de fotografiarla.

Sin embargo me gustaría señalar un punto que me pareció un poco preocupante. Tanto aquí como en la Kaaba he observado que la gente tiende idolatrar algunos lugares y esto pienso que es un error. Entre otras cosas porque elevar algunos sitios por encima de otros provoca poner a otros por debajo y eso es precisamente lo que pasa. La montaña de Mina, el lugar donde se lanzan las piedras, está lleno de suciedad, de botes, de comida, de bolsas, de basura… hablo de toneladas. Es increíble que haya gente capaz de llorar y casi golpearse con otra gente por tocar la Kaaba y sin embargo la montaña de Mina esté en esas condiciones. La verdad es que me quedé muy mal porque la montaña está en unas condiciones higiénicas muy malas, llenas de suciedad y basura pero en toneladas. Un compañero me comentaba que después vienen los castigos y las desgracias, y nos quejamos. De hecho, fue precisamente aquí donde murieron mil personas en una avalancha. Por favor, los que estéis leyendo esto acordaros de hacer du´a por todos estos hermanos y hermanas en el próximo Salat.

No digo esto con intención de criticar, ya que yo también soy culpable y todos tenemos nuestra parte de culpa, sino para deciros que opino que los musulmanes debemos ser críticos con nosotros mismos y no echar la culpa tanto a los demás de nuestros problemas, sino que si algo va mal es porque nosotros lo hacemos mal.

Pues un poco eso también ocurre en la mezquita del Profeta (s.w.s.). La gente se maravilla con ella, pero deberían tener en cuenta que lo que ven no es propiamente la mezquita sino una ampliación por parte de los saudíes de la verdadera mezquita, que está dentro. La mezquita hecha por el profeta y los compañeros fue construida con palmeras, dátiles y de manera muy humilde, ya sabéis como vivía el Profeta (s.w.s.). Con el paso del tiempo a lo largo de la historia se fueron haciendo reformas hasta llegar a la actual mezquita de Medina. Es una maravilla arquitectónica, pero es eso. Y es cierto que hay una paz enorme tanto ahí como en el resto de la ciudad, pero pienso que la gente debería diferenciar esa bendición en forma de paz que está ahí porque Allah (S.W.T.) así lo quiere desde tiempos de Muhammad (s.w.s.) de las construcciones hechas con permiso de Allah por el ser humano que sólo son eso, construcciones que mañana pueden no estar.

Pues bien, en Medina pasas los días haciendo el Salat y visitando la ciudad. La verdad es que en este punto la gente ya estaba muy enferma y lo único que algunos podían hacer era dormir y la Salat. Sin embargo yo fui Medina arriba y abajo, me metí por todos los barrios que pude, tratando de conocer al máximo esta ciudad. Quizá algunos de vosotros pueden pensar por qué estando allí no aproveché para pasarme todo el día y noche en la mezquita. Ciertamente, todas las oraciones voluntarias y Salat las hice en la mezquita (excepto un día que estuve muy enfermo y Al Farj y Al Zurh los hice en la habitación) o en la explanada de fuera, que es el sitio que se va ocupando cuando la mezquita se llena y no cabe más gente dentro. También estuve tiempo haciendo Dikr y dua además de ir a saludar al Profeta de parte de la gente que conozco y de parte de la gente que me lo pidió expresamente. Pero pienso que obsesionarse excesivamente con un sitio no es correcto, por lo que precisamente os decía antes. Además, la mezquita es un sitio importante pero es que somos miles de personas para compartir un mismo sitio y si todas “ocupamos” la mezquita a la vez sería un desastre y no sería justo. Además tiene que haber tiempo para todo: para estar en la mezquita, para conocer a gente, para hacer el Salat, para buscar libros en castellano….

Y sobretodo, por el ejemplo del Profeta. Muhammad (s.w.s.) no era un cura reaccionario que estaba encerrado en la mezquita como si fuera un claustro, sino que era un

hombre, una persona que salía a la calle y se preocupaba por sus vecinos interesándose por la situación de ellos, además estaba con su familia, amigos y amigas… (igual que el ambiente de Mecca, era muy humano). Entonces yo procuré conocer gente durante todo el Hayy e intentar entender cómo vive la gente en este país, qué costumbres tiene y no centrarme únicamente en asuntos “espirituales”, ya que el Islam desde la Sahada tiene el Salat (desde ti con Allah para Allah) y el Zakat (desde ti con Allah para la gente). Allah te pide que lo tengas siempre presente, pues él es la Suprema Verdad, pero que tampoco te olvides de tu alrededor. ¿Y qué decir del alrededor? Pues la gente feliz y llena Alhamdulilah por el Islam. Pero también asustada. ¿Qué os voy a contar de la política de Arabia Saudí, de su monarquía y de su manera de ver el Islam?

Hay algunas cosas que me resultaron muy duras, como ver empresas norteamericanas de hamburguesas y marcas de bebidas refrescantes pro sionistas anunciadas por todas partes, ver a niñas de tres años sin brazos pidiendo por la calle, a hombres que no me llegaban a la rodilla porque iban sin piernas andando con sus manos durante kilómetros o a chicos de mi edad en silla de ruedas con un brazo saliéndoles del estómago y sin piernas. A filas de niños deformados cantando y pidiendo dinero, pasándoles camiones a escasos centímetros a alta velocidad sin frenar. Todas estas cosas también pasan en Mecca.

Tal y como os decía antes, es como la vida misma, ves cosas buenas y cosas que no deberían pasar, en mi opinión esa gente debía estar protegida y cuidada. Pienso que por lo menos en Mecca están bastante seguros, en otro país a lo peor aprovechan para robarles o agredirles ya que son gente indefensa, allí la gente les ayuda.

Del tema del pro sionismo no os voy a decir nada que no sepáis, mucho menos de los individuos que tienen por monarcas. Sin embargo, os hablaré de las cosas buenas del pueblo árabe, que son muchas más.

Para empezar, allí ves gente de todos los sitios del mundo y el racismo no existe. Ves a muchos negros, por ejemplo, ocupando puestos muy importantes en empresas sin ningún problema aunque es cierto que también hay muchos inmigrantes pakistaníes que trabajan muy duro.

En Arabia nadie duerme en la calle porque todo el mundo puede dormir en las mezquitas, además la gente es muy solidaria. Y menos mal ya que al contrario de lo que muchos pensaréis en Arabia por las noches hace un frío muy grande, tanto que el cambio de temperatura con respecto al día provoca la fragmentación de las rocas y de ahí la formación de los desiertos. (En un espectro temporal amplio, claro está).

Aunque hay bastante pobreza, todo el mundo tiene por lo menos dos comidas al día. (Y en Ramadán se reparte comida gratis durante todo el mes).

Cualquiera puede realizar estudios en las madrasas y todo el mundo puede estudiar Corán, Islam… también gratis.

Existe mucha gente que dona dinero para que otra gente pueda ir a Mecca. Precisamente gracias a eso nosotros pudimos ir. Que Allah que les recompense como se merecen

Finalmente al volver nos regalaron dos ejemplares del Corán (y a mi a mayores uno en español, les debí caer bien). A todo el mundo se lo regalan.

Tras dos días de viaje, llegué a casa a las nueve de la noche. Al entrar en la habitación de nuevo y verme entre estas paredes me dije: ¿Aquí otra vez? Y me di cuenta que allí había algo que no era igual, o la habitación había cambiado o yo había cambiado. No. No era lo mismo que cuando me fui. En cuanto fue pasando el tiempo, me di cuenta de lo siguiente: el Hayy es como una droga, primero la tomas y poco a poco te va haciendo efecto. Entonces comencé a ponerme al día con todo, recuperé en tres días todos los exámenes que no hice mientras estuve fuera, y Alhamdulilah los he aprobado todos. Otra lección importante: todo lo que pides en el du´a se cumple, todo. No penséis que los du´a se quedan ahí, como palabras al aire, no, los du´a llegan y hay que tener mucho cuidado con lo que se pide porque si pides algo y se cumple a lo mejor no es lo que esperabas, y esto no es ninguna tontería.

Quizá alguna gente pueda pensar que con tan sólo un año de Islam cómo es que fui a Mecca. La vida no sabes cuando se puede acabar y si tenéis oportunidad procurad ir como sea. Más bien me dio el empujón que me faltaba para ciertas cosas porque por mi ciudad estoy muy solo la verdad, y esto es el principio. Al-Hayy es el principio, no el final, es el principio de una responsabilidad mayor ante Allah (s.w.t.). Mi vida ha cambiado en muchos aspectos. Principalmente hay muchas cosas que hacer y el Shaitán quiere que no hagas ni una. Si haces una quiere que te olvides de otras y te sientas orgulloso de lo poco que hiciste. Quiere que tengas miedo (no atención) por tu estabilidad y que eso te lleve a olvidarte del Islam, la Salat… y allí eres consciente porque no pierdes por nada un Salat y te das cuenta del poco poder que tiene. Cuando llegas aquí tienes mucha energía y ves que in sha Allah puedes hacer mucho, entonces tienes que mantenerte en esa tensión ya que al poco tiempo te va a intentar hacer regresar a tu anterior estado, como después de hacer la Sahada, en breve puedes volver a caer en errores de antes sino te proteges bien. Aquí es igual pero en mayores dimensiones, ya que has estado en la tierra elegida por Allah (s.w.t.) para el Din y ahora la responsabilidad es mayor. Personalmente estoy repartiendo mejor el tiempo, cambiando de hábitos, estoy pensando acerca de cómo puedo aprovechar mi tiempo vital para realizar proyectos que tengo en la cabeza pero que hasta ahora no pude hacer a causa de mil problemas que fueron surgiendo. En estos momentos los tengo superados Alhamdulilah y pienso llevarlos a cabo todos, poco a poco, con el permiso de Allah.

Vuestro hermano Kike

Que Allah os bendiga.

Salam Aleikum.

jueves, 15 de octubre de 2009

السلام

As-Salam.

Hay Nombres de Allah que son Nombres de Majestad (Asmâ al-Yalâl): nos lo describen en el carácter rotundo y dominante de Su Verdad, en la infinitud de Su desproporción, siendo las claves para entender la complejidad de Su Esencia, las dimensiones inimaginables que fluyen por todo lo que podamos decir acerca de Él. Son Nombres que infunden terror, porque hablan de Su grandeza y la insignificancia del hombre que está constantemente expuesto a Él: Allah es Rey, Insondable,… todo viene de Él y nada escapa a Su poder. Pero otros son Nombres de Belleza (Asmâ al-Yamâl), que invitan a confiar en Él y amarle, pues Él se muestra Misericordioso, Compasivo, Cercano… Uno de sus Nombres de Belleza es Salâm: Allah es Paz. Es Paz en Sí Mismo y para todo lo que existe.

Salâm (Paz) es aquél cuya esencia está a salvo de defecto, sus cualidades carecen de falta y sus actos están libres de todo mal, de modo que en la existencia entera no hay salâma (salud) que no le sea atribuida y no provenga de Él. En este sentido, sólo Allah es Paz. La Paz acompaña a Su Armonía, y redunda a favor de lo que Él crea. La salâma, la salud que impregna la existencia consiste en estar a salvo, y es la raíz de las cosas, a donde el musulmán busca volver, siendo ese el objeto de su Islam (su Reconciliación), formando todas estas palabras una única familia semántica (Salâm, Salâma, Islâm): Allah es Paz, y únicamente junto a Él estamos a salvo, y regresamos junto a Él entregándonos sin reparos a Su Verdad, con corazón sereno.

Los actos de Allah están vacíos de mal, y nos referimos al mal absoluto, el realizado y propuesto por sí mismo, y no al mal relativo en el que hay un bien que sólo se logra en su mediación. Ya hemos visto esta cuestión al tratar acerca de la Rahma de Allah, de Su voluntad de bien. Así, pues, en la raíz de la existencia no hay mal alguno de esas características absolutas, y sólo hay males relativos cuyo objetivo es el bien. Y ello no sólo como expresión de Su voluntad, sino que es consustancial a Él. Esto es lo que nos enseña su Nombre Salâm.

En la insondabilidad de Su Dzât, de Su Esencia, Allah es pura perfección y paz de las que surge el bien. Cimentada sobre esta verdad, la existencia entera está a salvo. Esta es la imagen que debe tener el que se impregna de los contenidos de la ‘Aqîda del Islam, una cosmovisión que quiebra la concepción de un mundo en conflicto absurdo. El musulmán retoma esta raíz volviendo de la distancia del ego, que lo aparta de su Fuente y lo lleva a la destrucción. Esa vuelta a la Paz es en lo que consiste el Islam, que es salâma, salud, sobre el fundamento de Allah-Salâm. Haciéndose pacífico, el ser humano rinde pleitesía a ese Significado de su Señor. Consiste en ser pacífico interna y externamente, es una reconciliación con el propio espíritu que se traduce en una reconciliación con el mundo, es armonía de la persona dentro de sí y con lo que la rodea. Ambos extremos se implican mutuamente.

El seguimiento de la Vía de los Nombres consiste en reproducir dentro de uno mismo, en la medida de lo humano, las Significaciones que configuran el universo. Esas Significaciones (Ma‘ânî) son las de la palabra Allah, las implicaciones de Su Verdad. Él es Paz, y junto a Él se está en Paz. Hay que volver a Él transfigurándonos a lo largo de ese Camino. Esa es la gran exigencia de este saber al que denominamos Ciencia de los Nombres de Allah. Se parte de la identificación del significado de cada Nombre en las inmensidades de lo eterno, después se le rinde culto respondiendo a sus demandas, que nos imponen un modo de ser de acuerdo a lo que se desprende de ese significado, y luego viene la trasformación en lo que se parezca al Nombre. Se trata de tres pasos: saber, ser consecuente con el ese saber y, por último, proponerse la Significación. Así, Allah es Paz desmesurada, su demanda es la serenidad de la que debe revestirse el que sabe que el trasfondo de la existencia es esa Paz, y por último, pacificarse dejando atrás toda violencia contra uno mismo y contra los demás, convirtiéndonos en Paz.



* Todo hombre cuyo corazón está sano, y en él no hay deseo de engañar, ni en él anida el rencor, la envidia, el miedo o la voluntad de hacer el mal, y a la vez su cuerpo refleja esa salud, no cometiendo con él trasgresiones, y todas sus cualidades no reflejan más que el bien, de ése se dije que se presenta ante Allah con corazón sano (qalb salîm). Esa persona es Salâm, y está cerca del Salâm Absoluto, la Verdad Una, Allah, junto al que no hay nada. Se le llama ‘Abd as-Salâm, el servidor de la Paz. Se trata de quien ha puesto su apetito y su ira bajo el estricto dominio de su inteligencia y su voluntad los gobierna en lugar de estar al servicio de ellos.

Normalmente, sólo se alcanza ese rango tras un esfuerzo mantenido, pues nuestras circunstancias nos tienen en constante tensión con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Convertirnos en Paz exige una depuración total que nos descontamine de maldades que son pura contradicción con la naturaleza esencial de las cosas. La arrogancia, el orgullo, la vanidad, la envidia, la avaricia,… son frutos de una distorsión que hay que corregir con severidad antes de creer que se está en paz y se es paz para el mundo.

Se llama salîm, y musulmán (muslim, persona pacificada, la inmersa en la paz esencial), a la persona pacífica, es decir, a quien está en paz consigo mismo y con todos, de modo que quienes le rodean están a salvo de su lengua y de su mano. ¿Cómo podría ser llamado salîm quien es un peligro para sí o para los demás?

sábado, 10 de octubre de 2009

القدّوس

al-Quddûs

Entre los Nombres de Allah figura el de al-Quddûs, que desborda ampliamente todo intento de explicación. Es más, pretende precisamente sumergirnos en una radical perplejidad ante la Verdad que nos hace ser, señalándonos Su desproporción, su inasequibilidad. Incluso nos somete a aparentes contradicciones, pues su función es también la de subrayar nuestra insuficiencia ante la Verdad Absoluta, la escasez de nuestros recursos para abarcarla en el entendimiento. Al-Quddûs es Allah al margen de todos los intentos de apresarlo en definiciones, por bienintencionados que sean. Lo podemos traducir por el Insondable. Es un Nombre que nos habla de la grandeza infinita de Allah y, por otro lado, de nuestra incapacidad para imaginarla. Asumir nuestro fracaso ante Allah será la clave para comprender las implicaciones más íntimas de este Nombre de Majestad y Dominio. Quddûs es Allah en Su inasibilidad: Él es Señor de todas las cosas, y a Él nada lo somete, ni tan siquiera el entendimiento más agudo.
Sin embargo, el Nombre de Allah Quddûs se suele traducir por Santo, pero quizás sea más correcto el término Insondable. Efectivamente, Quddûs no es una palabra con la que se pueda describir en árabe otra cosa que no sea la realidad incontenible del Uno-Único. Nadie, aparte de Allah, es Quddûs. Si aceptáramos la traducción por Santo incurriríamos en colisión con este aspecto fundamental de la palabra: en árabe, se reserva exclusivamente para la Verdad Hacedora de todas las cosas, Presente pero esencialmente inaprensible. No se trata de santidad, sino que Quddûs sugiere el carácter ininteligible de lo que Allah es, se trata de Su inefabilidad que está más allá de lo que el lenguaje humano es capaz de expresar. Del término Santo o Sagrado sólo aceptaríamos su alusión a una dimensión misteriosa, a una naturaleza incomprensible, matices que están en ese Nombre árabe.
Quddûs es un muy noble calificativo que nos habla de la Identidad de Allah, de Su Dzât, de Su Esencia indefinible, de Su Secreto Remoto, de Su absoluta incomprensibilidad, ahí donde nada sirve para hacerse una idea de lo que Él es, ahí donde no hay términos para Su Grandeza, Su Infinitud, Su Belleza deslumbrante. Es Allah en Sí Mismo, en la tersura de Su Verdad, ante el que sólo cabe rendirse pues nuestros recursos no llegan ni a los aledaños de lo que Él es.
Este Nombre es el antídoto contra todo intento de reducir a Allah a medidas, de ponerle límites, de someterle a la reflexión o al entendimiento. Él es la Verdad dominante que nada ni nadie puede pretender poseer. Él es radicalmente distinto a cualquier conclusión a la que lleguemos, y esto es de trascendental importancia. Se trata de un Nombre cuya significación predomina sobre el sentido que queramos darle a cualquier otro de Sus Nombres. Es el misterio depositado en el fondo de cualquier expresión con la que el Corán o la Sunna nos acerquen a Allah. Cuando creamos haber “entendido” a Allah, inmediatamente debe venirnos a la memoria que su auténtica condición es la de al-Quddûs, y la humildad se nos impondrá como corrector que nos evitará el gurûr, la soberbia en la que con frecuencia incurre el que supone haber conocido a Allah. El gurûr, esa soberbia propia del que considera haber alcanzado la verdad, es un velo cegador que impide avanzar en el conocimiento de Allah, que no tiene final. Y esa arrogancia tiene en el Nombre al-Quddûs su freno, pues reduce a la nada toda pretensión y sume a la inteligencia en la perplejidad. Ante Allah-Quddûs no vale nada, salvo llevar la frente al suelo dejando atrás todas las certezas y seguridades, que se deshacen ante la Presencia impredecible del Uno-Único, abarcador de todas las cosas mientras que nada ni nadie lo abarca.
En un intento de definición de la palabra en sí -atendiendo a su significado léxico y sin pretender que valga definitivamente para Allah, pues no es todo lo radical que debería ser-, se nos dice que Quddûs es aquél que no puede ser descrito comparándolo con nada que los sentidos físicos o la imaginación o la razón puedan captar. Según esto, Su realidad no puede representársela la imaginación; la ilusión o la fantasía no llegan a acercársele, la conciencia no lo comprende, la reflexión no lo abarca. Escapa siempre a todo intento de delimitación. No hay fronteras para Su profundidad ni barreras para Su voluntad. Insondable es aquél cuya perfección no puede ser definida de modo alguno porque está mucho más allá de lo que ninguna palabra puede describir
Algunas veces se ha dicho también que Quddûs es el que está libre de defectos, pero esta definición está cerca de ser descortés con Allah, porque negar que en Él haya defecto es como si se dejara entender que pudiera tener alguno. En efecto, hay quienes opinan que es un mérito entender que Allah no se asemeja a nada: que Él no es esencia ni accidente, ni cuerpo ni espíritu, que no tiene color, ni olor, ni sabor, que no está en ninguna parte, ni arriba ni abajo, ni dentro ni fuera, que por Él no pasa el tiempo, que nada que el hombre pueda intuir le hace justicia… creyendo que con ello se está hablando de la inasibilidad de Allah, de Su Majestad incomparable. Pero de un rey no se dice simplemente que “no es un barrendero” o “no es un sastre”, que en lugar de ser una alabanza parecería un insulto; esa no es la definición que corresponde a un rey, y al igual sucede con Allah: no se dice de Él que no tiene defectos, sino que es inimaginable, incomprensible e insondable. Esto alude a Su Perfección sin poner a su lado ninguna comparación que lo antropoformice ni ninguna negación que lo reduzca a la simple nada. Esta observación ya la hizo el Imâm al-Gazâli, para quien Allah, en Su Secreto, es pura afirmación de Sí Mismo, y ahí no pueden hacerse negaciones tales como “Él no es tal cosa”: Él es Allah en Su Quds, en Su Verdad ininteligible para el entendimiento humano, pura positividad para la que, simplemente, no hay palabras humanas.
Por eso decimos que al-Quddûs es el que está privado de toda descripción, incluso de las perfecciones que el hombre pueda imaginar, y está privado de toda negación: ahí sólo está Él, al margen de todo lo que el hombre quiera decir, afirmando o negando. Él está Exento (Munaççah): es el radicalmente Puro en la hondura infinita de Su Verdad Insondable. Y es porque el ser humano primero se analiza a sí mismo y acaba considerando que lo mejor que hay en él es su capacidad para conocer, su poder para elegir, su oído, su visión, su palabra, su voluntad, etc., y considera que todo ello son perfecciones del ser que también atribuye a su Creador. En segundo lugar, encuentra en sí mismo defectos y carencias, como su ignorancia, su incapacidad para realizar ciertas cosas, su sordera, su mudez, su ceguera, y los considera defectos que niega en su Creador. Es así cómo imagina a su Señor, atribuyéndole en grado sumo sus propias perfecciones y negándole sus carencias. Pero Allah está mucho más allá de las plenitudes y de los defectos que pueda haber en la creación.
En sí, Allah es Quddûs, y es Insondable en lo que Él es, y no hay perfección ni plenitud que le hagan justicia, porque está infinitamente por encima de lo que el hombre pueda adivinar. Creador de todas las cosas, de las perfecciones y de los defectos, Él es anterior a todo ello. Y si no fuera porque Él mismo nos ha autorizado a utilizar ciertos términos para describirlo (como decir que Él tiene Voluntad, Ciencia, oye, habla, escucha, etc.), todos serían inapropiados para Él. Por tanto, en todas esas descripciones autorizadas por la Revelación hay que tener en cuenta la regla según la cual son insuficientes para abarcar a Allah, y sirven exclusivamente de acercamiento a Él.
Llamamos Quds a ese ‘recinto de Su intimidad’[1] en el que Allah es incomprensible, inabarcable, insondable, pero positivo y afirmado, Realidad inimaginable pero consistente. Es el secreto de Su Verdad. Quds es Su Espacio -sólo por decirlo de alguna manera-, es ahí donde todo lo relacionado con Él es inefable, inaprensible, misterioso por su hondura, abismal en sus connotaciones, inasequible al entendimiento, indescifrable por el pensamiento. Decimos que ha accedido al Quds de Allah la persona que ha sido deslumbrada por la significación más profunda de Allah. Es la persona que ha retirado el velo de las convenciones intelectuales que limitan a la mayor parte de los hombres y descubre que no hay palabras que describan a Allah, que no hay imágenes que retraten Su pureza, ni adjetivos que hagan justicia a Su esplendor, ni pensamientos que encierren Su totalidad, ni sentimientos que sean suficientes para intuirlo. Es la morada del perplejo ante su Señor. Su éxtasis es el servicio que rinde a esa Verdad que lo subyuga, su admiración es el tributo que rinde al Inimaginable, el Insondable, el Quddûs. Y la sabiduría que ahí se desborda sobre esa persona es pura luz, que se materializa en un conocimiento de la realidad profunda de las cosas y de los acontecimientos. Quien ha tenido la fortuna de penetrar en el Quds, vuelve al mundo de los sentidos convertido en sabio, en alguien que sintoniza fácilmente con las verdades esenciales de todo cuanto le rodea.
Estas son, pues, las exigencias y los frutos de este Nombre. Por un lado, demanda al musulmán ensimismarse en el Infinito, no para atraparlo, sino para quedar deslumbrado por Él. Y luego, traerse a este mundo esa experiencia para adivinarla en el trasfondo de todas las realidades. Ese Infinito inexpresable está en la raíz y en la fuerza de las cosas.


* El Quds del hombre, el recinto de su insondabilidad, está en alcanzar un grado en el que su voluntad y su saber estén libre de condicionantes. Se asemeja a al-Quddûs es que libera su voluntad de apegos groseros y libera su reflexión de materialidad. Se reviste con esa noble cualidad el que ensimisma su entendimiento y hunde su ser en las verdades más descarnadas, quien consagra su reflexión a las ideas más nobles, a los pensamientos más alejados del interés, de la superficialidad y la grosería. Es el que se desata por completo del mundo y sitúa su universo interior más allá de toda corrupción. El que enraíza su corazón en la órbita de los Malâika, distanciándose de la materia, se acerca a la sutilidad del Quds, donde no hay ni perfecciones ni defectos que la mente humana pueda determinar, sino pura eternidad e infinitud anterior a toda existencia concreta.
Suele decirse que ello se logra gobernando la voluntad aviniéndola a la Sharî‘a, de modo que todo lo que haga o deje de hacer el musulmán sea conforme a la Voluntad de Allah expresada en la Ley revelada. Para ello necesita de dos ciencias, el Fiqh y el Tasawwuf, es decir, el Derecho y la Vía espiritual. Con esas dos herramientas hace que su voluntad se emancipe de todo egoísmo. Y logra emancipar su pensamiento guiándolo bajo las directrices de otra ciencia, el Kalâm, o Discurso sobre las verdades fundamentales del Islam, que es pura abstracción que sumerge su reflexión en lo insondable.
Ese es el ‘Abd al-Quddûs, el Servidor del Insondable, el que ha sumergido su ser en el Ser de su Señor, y ha rebasado todos los límites, el que ha superado los obstáculos que atan a los hombres, los que ponen fronteras a sus aspiraciones.


[1] Quds es el nombre que recibe en árabe Jerusalén, por los acontecimientos sobrenaturales que han tenido lugar en ella.

viernes, 9 de octubre de 2009

الملك

al-Málik

Allah, la Verdad Absoluta anterior a todas las cosas y sostén de todas las cosas, es el Creador presente al lado de toda realidad haciéndola ser, como expresión de su infinita Abundancia y Bondad, a las que llamamos Rahma, pura Misericordia, pues es absolutamente gratuita: no tiene más razón que el desbordamiento de Su Generosidad sin límites. Pero, además, Allah es el Rey de todas las cosas. Junto a Su Compasión, simultáneamente, se manifiesta Su Poder irreductible. Su Bondad es sinónimo de Su Grandeza, y Su Belleza tiene como compañera a la Majestad.
El Nombre de Allah Málik significa Rey, Soberano, y deriva de Mulk, reino, dominio. En sentido estricto, “rey-soberano” designa a aquél que es suficiente en sí y no necesita para nada de nada ni de nadie. Se basta a Sí Mismo. Además, Él es de quien todo lo demás tiene absoluta necesidad, y nada existe en sí -ni para ser lo que es, ni para cumplir con sus anhelos- prescindiendo del Rey de la existencia. Él es imprescindible, y todo le está subordinado en la raíz misma de su ser y para cada uno de sus movimientos o quietudes. Él prescinde de todo, pero nada puede prescindir de Él, ni para tomar un soplo de aire. Esta es la verdad de Allah, y quien la reconoce abandona los ídolos que pueblan las esperanzas y los miedos humanos. Y así, Él se nos presenta en la radicalidad de Su Poder, exigiéndonos una total claudicación.
Por otro lado y de forma inmediata, el término Málik implica la idea de Mâlik, Propietario, en el sentido de que todo lo que existe es suyo y le pertenece, pues es Su realización. Él es Hacedor de todas las cosas, está presente en cada realidad haciéndola ser o dejándola en la nada, perteneciéndole íntimamente, en el seno una relación estrecha sin la cual sólo hay imposibilidad. Su Mulk, Su Imperio, es inclusivo, lo aglutina y lo somete todo, y nada hay al margen de él. Allah es Creador y Gobernador de cuanto existe, sin excepción. Él determina la existencia o inexistencia de algo, y después rige todos y cada uno de sus instantes, no habiendo ninguno de ellos que escape a Su Dominio, que es, simultáneamente, directo, ineludible e indispensable[2].
En definitiva, Rey-Soberano (Málik) es aquél que no depende de nada y todo depende de Él, y todo lo que no es Él le pertenece, es suyo y está bajo su dominio y gestión. De acuerdo con esta significación original, no hay más rey que Allah. Sólo es aplicable a las criaturas y a los reyes humanos de manera metafórica.
La realeza perfecta de Allah exige al musulmán una actitud de absoluta sumisión a su Único Rey, su Señor del que depende hasta para respirar, para que el agua calme su sed y el sol le de calor. Quien es plenamente consciente de esto deja de depender de todo lo que no es Allah y unifica su corazón calmando su desasosiego en el oriente de la Verdad. Lleva la frente al suelo sólo ante su Rey y no tienen más ley que su Voluntad.
Por otro lado y en otro orden de cosas, efectivamente las personas pueden desarrollarse espiritualmente y prescindir de muchas cosas, y conforme avanzan en ese proceso van haciéndose soberanas. Por tanto, verdaderamente se acerca al significado de la palabra Rey quien progresa en el autocontrol, quien se domina a sí mismo, no dejando ninguna de sus fuerzas o capacidades, ninguna de sus inclinaciones, ninguno de sus instintos o apetitos, fuera del ámbito de su voluntad soberana. La sobriedad, la austeridad, son virtudes que refuerzan la independencia de cada persona. Si a ello añadimos otras virtudes como la generosidad, iremos componiendo la idea de lo que en el Islam es, entre las personas, un verdadero rey. Cuando alguien logra ser autosuficiente y a la vez acoge a los demás, se entiende que es noble y rey.

* Participa en la significación del Nombre Mâlik el que sólo es poseído por Allah, el que sólo posee a Allah, el capaz de prescindir de todo salvo de lo que le hace ser. Y, a la vez, gobierna su propio reino, y en él le obedecen sus ejércitos y sus súbditos, que son su voluntad, su corazón y su inteligencia. Su reino privado es su propio corazón y su cuerpo. Sus ejércitos son sus apetitos, su ira y sus pasiones. Sus súbditos son su lengua, sus ojos, sus manos, y el resto de sus miembros. Si gobierna ese reino y lo gestiona, y no es gobernado por él, si su reino le obedece y él no obedece a su reino, entonces es cuando ha alcanzado el grado de rey en su mundo.
A ello hay que añadir que ese rey debe prescindir de las demás criaturas, mientras que la gente pasa a no poder prescindir de él, tanto para sus necesidades inmediatas como para su destino en lo infinito. Así es como se convierte en rey dentro del mundo terrestre. Ese es el grado que alcanzaron los profetas, quienes se independizaron encontrando en Allah a su único guía, mientras que las gentes están obligadas a seguirlos a ellos. Por debajo de ellos están los ‘ulamâ, los sabios herederos de los profetas. Su Mulk es en función de su capacidad para guiar a las gentes junto a su independencia.
Con estas cualidades, el hombre se alza a algo próximo al rango de los ángeles, lo cual, a su vez, lo acerca a Allah. Y a todo esto hizo referencia el sabio al que un príncipe le dijo que le pidiera lo que necesitara. El sabio le respondió: “Tú eres quien debe pedirme lo que necesitas, porque yo tengo dos esclavos que son tus dueños: la avidez y la pasión. Ellos te vencen, mientras que a mí me obedecen”. Un discípulo pidió consejo a su maestro, y éste le dijo: “Sé rey en este mundo y en el que hay después de la muerte. Domina tu avidez y tu pasión en este mundo y serás su rey y serás rey en el mundo que hay después de la muerte. La soberanía está en la libertad y en la independencia”.
Quien alcanza este grado, recibe con propiedad el nombre de ‘Abd al-Malik, servidor del Verdadero Rey.


[1] Damos aquí sólo algunas de las traducciones más habituales de estos términos, que siguen siendo insatisfactorias, pues ninguna versión cubre la amplia gama de matices que tiene el original. Los dos supuestos equivalentes se usan indiferentemente para Rahmân o Rahîm. Hay autores que consideran ambas palabras árabes como simples sinónimos, y varían las traducciones sin mucha justificación. Otras posibilidades: Clemente, Piadoso, Benevolente, Bondadoso,… igualmente para cualquiera de las dos palabras.
[2] El Nombre Málik, Rey, no incluye, obviamente, ningún matiz de arbitrariedad o despotismo, sino que nos describe “la relación entre Allah y la criatura en la raíz de las esencias”. Él es Rey al ser Creador y al depender de Él todo, y Su Dominio es su necesaria presencia rectora y ordenadora de la existencia. La contundencia de esa presencia –infinitamente más poderosa y eficaz que cualquier forma de dominio que podamos concebir- es la que nos autoriza a llamarle Rey de la existencia.

jueves, 8 de octubre de 2009

الرحمن الرحيم

Rahmân y Rahîm (Misericordioso, Compasivo),] son dos poderosos Nombres de Allah derivados de Rahma, la misericordia, la compasión. Estos dos Nombres aparecen inmediatamente después del de Allah, quedando explicada la razón que lo movió a crearnos, sostener nuestra vida y expandirla. Para empezar, con el primer Nombre, hemos hablado del Uno-Único en Sí, de Su misterio indescifrable, de Su naturaleza envolvente y demoledora de los ídolos que el hombre imagina, de Su Dzât, de Su Ser en Sí Mismo, Su eternidad, Su inmensidad, Su lejanía infinita, Su inasequibilidad absoluta; pero ahora se nos habla de Su presencia inmediata, del desbordamiento de Su capacidad creadora dando origen y sostén a todo lo que existe, acompañando cada instante, asistiendo a cada criatura, en una proximidad que lo hace ser Íntimo. Primero, pues, se nos exige conocimiento de Allah en Sí, un conocimiento en el que Él es Remoto al cabo de una distancia insalvable; y, ahora, se nos exige, con estos dos Nombres, la vivencia de lo que significa Allah en nuestra realidad más inmediata. La Misericordia es la inmediatez de lo indefinible, lo infinito.
Hemos surgido de la Rahma de Allah, Su exuberante Misericordia, manifiesta en todo lo que nos hace ser, y ella nos mantiene en la existencia favoreciendo nuestra vida. Es el secreto presente en el amor, en la lluvia, en el calor, en la complementariedad de los contrarios. La Rahma de Allah es la causa del universo entero y de cada cosa en él; es su fuente y su materia prima. La Misericordia creadora nos sacó de la nada, alimenta nuestro ser y lo expande, y nos rescata finalmente de la muerte para la eternidad en al-Âjira, la Otra Vida, la Última Vida, pues la Rahma de Allah -como Allah mismo- es inagotable. De esta palabra derivan, pues, dos Hermosos Nombres que describen a Allah: Rahmân y Rahîm, el Misericordioso, el Compasivo, queriendo decir que Él -y sólo Él- es la razón de nuestro ser, de nuestra pervivencia y de nuestra riqueza. La Rahma es sinónimo de la eficacia de Allah y el entramado de Su Poder.
El primero, Rahman (Misericordioso, Compasivo), es considerado como Nombre Propio, por lo que no se puede aplicar a nadie que no sea Allah. El segundo, Rahîm, por el contrario, tiene el valor de un adjetivo (misericordioso, compasivo), y puede decirse de todo el que lo merece por practicar las virtudes de la misericordia y la compasión (Rahma).
Definimos el término compasión como el sentimiento de desazón que hace que alguien se apiade y se incline a ayudar a quien tiene una necesidad o sufre una desgracia. Pero la compasión tiene que ir acompañada de voluntad y capacidad. Quien tiene capacidad pero no ayuda al necesitado, no es compasivo, pues si en él hubiera verdadera voluntad lo haría, sin duda alguna. Quien tiene intención pero carece del poder para satisfacer la necesidad ajena, es llamado “compasivo” sólo en atención a su inclinación, pero su compasión no es perfecta.
La compasión es plena cuando está penetrada por el deseo y la necesidad de ayudar y los acompaña la ayuda en sí. Y la compasión es universal cuando tiene como beneficiarios a quien la merece y a quien no la merece. La Rahma de Allah es plena y universal. Es plena porque cuando quiere socorrer al necesitado, lo hace. Es universal porque no hace distingos entre las criaturas, se realiza en esta vida y tras la muerte, y satisface las más diversas necesidades. Allah es, por tanto, Misericordioso-Compasivo (Rahmân-Rahîm) en el sentido más amplio de la expresión.
El término compasión sugiere un sentimiento de dolor en el compasivo, que enciende su piedad y lo empuja a ayudar al necesitado, pero en Allah no tiene lugar ese sentimiento. Efectivamente, en árabe Rahma suele definirse como riqqa fî l-qalb, una debilidad en el corazón, algo por lo que la persona se desmorona ante sufrimiento ajeno y corre en su ayuda. Pero Allah es sólido, y nada lo afecta. Tal vez ello te haga pensar que hay un defecto en Su Compasión, una falta de sentimiento. Sin embargo, es todo lo contrario.
El que socorre a otro porque él mismo siente dolor y pena, muchas veces busca en el fondo deshacerse de esa tristeza que se ha apoderado de él, es decir, busca aliviarse. En su generosidad hay un interés. Es más, en sí, ese dolor y pena son signos de debilidad. La perfección de la compasión está en atender al necesitado por sí mismo, sin más objeto que su bienestar. Y así es la Misericordia de Allah, diferenciándose de la que puede afectar al hombre. Es puro desbordamiento de bondad, sin mezcla de interés alguno. Es asistencia gratuita, y, además, de proporciones inconmensurables. La Rahma de Allah realiza prodigios fuera del alcance de toda criatura y cubre espacios más allá de lo que somos capaces de entender y comprobar.
Rahmân y Rahîm no son nombres plenamente sinónimos. Para empezar, Rahmân es un nombre privativo de Allah, mientras que rahîm puede utilizarse para calificar a las personas compasivas (por ejemplo, en el Corán se dice que el Profeta -s.a.s.- es rahîm). Por tanto, Rahmân tiene un significado particular designando una forma especialmente intensa de la compasión que no está al alcance de los seres humanos. Rahmân no atiende sólo a las necesidades inmediatas de la criatura, sino que desde el principio se ha propuesto lo mejor para ella, más allá de la vida actual, y todo lo ha diseñado con ese fin: Rahmân es Allah sacando, primero, de la nada a las criaturas, dándoles vida, facilitándoles la supervivencia con lo que no está al alcance de nadie (por ejemplo, las leyes que rigen el universo y que favorecen la vida sobre la tierra, haciendo llover, que el sol caliente, etc.), y, después, el Rahîm guía en esta vida hacia la plenitud de la conciencia, es la razón de la felicidad tras la muerte, y el que invita a mirar al Rostro de Su Generosidad en el Jardín eterno. Rahmân es universal, Rahîm es concreto para cada persona en particular.
En definitiva, Rahîm significa compasivo, y lo es tanto Allah como el ser humano que se apiada de las demás criaturas. Pero sólo Allah es Rahmân, porque hay formas de compasión que sólo están a Su alcance. ¿Por qué se dice entonces Rahmân Rahîm, mencionando ambos Nombres en grado descendente? Es como si dijéramos: El que es Compasivo (Rahmân) más allá de lo que puede imaginar el ser humano, en cosas inmensas, ¿no iba a ser Compasivo (Rahîm) para con el hombre en sus pequeñas necesidades?
Por ello, el musulmán se acoge a la Misericordia de Allah esperando de ella que satisfaga tanto sus aspiraciones espirituales como sus necesidades más cotidianas. Reconoce que Allah es Rahmân-Rahîm el musulmán que nunca desespera, pues sabe que la característica fundamental de Allah es la Rahma con la que puede apiadarse de él y sacarlo de todo aprieto y de toda desgracia. Por el contrario, desesperar es la actitud del que no sabe que su Creador es Rahmân-Rahîm. La desesperación es una forma de Kufr, de infidelidad hacia Allah, de ignorancia e ingratitud. La desesperación siempre está a punto de expulsar al musulmán del Islam, y por ello es un vicio que debe ser combatido con fuerza, con un retorno constante a Allah, confiando siempre en la abundancia y bondad infinita de Su Rahma.

* Participa en la Acción del Rahmân la persona que atiende a las grandes necesidades espirituales de los hombres, sacándolos de la negligencia, el desdén y la inercia, y los pone en el Camino de Allah, haciéndolo con consejos sabios, evitando toda violencia, a la vez que se apiada de los que se echan a perder a sí mismos. Participa en la significación de ese Nombre el que contempla todo mal en la existencia como una ruptura con Allah que es necesario remediar, y no ceja en el empeño, reestableciendo la armonía del universo sintonizándolo con su Creador. El que actúa así, es ‘Abd ar-Rahmân, servidor del Rahmân.
* Por otro lado, esa persona participa en la Acción del Rahîm procurando satisfacer toda necesidad concreta del que carece de algo, en la medida de sus posibilidades. Es el que combate la pobreza, la enfermedad, la injusticia y la ignorancia, y lo hace con sus bienes, con su influencia, con su esfuerzo. Si no cuenta con nada de ello, entonces auxilia a las criaturas con la fuerza de su intención, con su tristeza y con su comunicación con Allah, intercediendo ante Él en favor de los necesitados. El que actúa así es llamado ‘Abd ar-Rahîm, servidor del Rahîm.

ABDERRAMÁN MOHAMED MAANÁN

martes, 6 de octubre de 2009

الله

ALLAH.

Allah es, en la lista que el Profeta dictó a Abû Huráira, el primero y el más poderoso y completo de los Nombres del desconocido Wâŷib al-Wuŷûd, el Existente por Sí Mismo, determinándolo de tal modo que lo hace efectivamente presente ante el ojo del corazón del ser humano. Este primer Nombre es pura luz que lo saca de la vaguedad, y Él (Huwa) se hace concreto, tangible, abatiendo las ataduras que sujetan a los hombres al mundo.
Él (Huwa) es un término especial. Es el pronombre de tercera persona, llamado en gramática árabe damîr al-gáib, referencia al ausente. La intuición del Wâŷib al-Wuŷûd nos conduce al deseo de conocer y trasformarnos en quien sea ese misterio insondable, del que sabemos que es la Verdad Absoluta, la razón de nuestro ser, el soporte de nuestra existencia y la meta que nos aguarda, origen, sustento y destino del universo entero y de cada cosa en él, de proporciones tremendas, fuente sobreabundante de toda existencia. Cuando el presentimiento de lo que sea el Wâŷib al-Wuŷûd es una sensación poderosa que pasa a dominar al corazón, éste se sumerge en la inquietud, la incertidumbre, el sobrecogimiento y el deseo intenso, que lo arrastran a buscar aquél al que llamamos de forma vaga “el Existente Por Sí Mismo”, o bien le llamamos Él (Huwa). Este pronombre acaba por revelar sus misterios, desbordando al ser humano, y toma un Nombre Propio (Allah), presentándose a Sí Mismo, saliendo del anonimato dándose un Nombre cuyas resonancias abarcan lo infinito:

“Se cuenta que Abû Bakr ash-Shibli dijo lo siguiente:
En cierta ocasión me encontré con una muchacha abisinia inmersa en el Amor. Caminaba agitada por el desierto, con el corazón en un puño, y yo le dije: ‘Sierva de Allah, apiádate de ti misma y cuida de tu vida’, a lo que me respondió: ‘Él, Él’.
Yo le pregunté: ‘¿De dónde vienes?’, y ella me dijo: ‘De Él’.
Entonces le dije: ‘¿Adónde vas?’, y me contestó: “A Él”.
-‘¿A qué te refieres con Él?’, y me dijo: ‘Él’.
-‘¿Cómo te llamas?’, y me respondió: ‘Él’.
-‘¡Cuántas veces me vas a decir Él?’, y ella me dijo: ‘Mi lengua no dejará de decir Él hasta que me encuentre con Él’, y luego me recitó estos versos:
‘Por la inviolabilidad del Amor que te tengo, nada puede sustituirte. No tengo interés en lo que no seas Tú. Me han dicho que estoy enferma a causa de la enfermedad que padezco. Y yo digo: Ojalá mi enfermedad no me abandone’.
Entonces, le dije: ‘Sierva de Allah, ¿qué quieres decir con Él? ¿Te refieres a Allah?’. Cuando escuchó la Mención del Nombre de Allah, expiró y la vida la abandonó, ¡Allah se apiade de ella!”[1].

El Imâm al-Gazâli dice que Allah “es el Nombre Propio del Existente Verdadero (al-Mawŷûd al-Haqq), en quien se reúnen los Atributos de la Trascendencia (as-Sifât al-Ilâhía), el calificado por las Cualidades del Señorío (Nu‘ût ar-Rubûbía), el que posee en exclusiva la Existencia Real (al-Wuŷûd al-Haqq)”.
Este primer apunte sobre el Nombre Allah no pretende ser una definición, pues Allah (Nombre Propio, según la Revelación, del Wâŷib al-Wuŷûd) es esencialmente indefinible. ¿Cómo habría de ser de otro modo cuando Él es anterior a todas las cosas, distinto de todas las cosas? No hay límites para Él, ni espacio, ni límite. Nada lo alberga, nada lo condiciona.
Este Nombre (el Nombre de la Majestad, Ism al-Ŷalâla) aparece siempre el primero, y sin embargo su inmensa profundidad es comprendida sólo al final, cuando se pasa a estar al tanto de lo que significan y exigen los demás Nombres, los cuales lo describen en detalle. Y, en el fondo, “únicamente Allah conoce a Allah”, pues es tal Su Grandeza que fuera de Él, nada ni nadie puede abarcarla. Él -el vórtice de nuestro ser, el soporte constante de nuestra existencia-, es Insondable, un Secreto infinito y exuberante, un Misterio retador, absoluta pureza, riqueza desbordada, en la que todo tiene origen y de la que todo depende. Esa Inmensidad impensable es el trasfondo de cada uno de nuestros instantes.
Para empezar, nada, a parte de Él, existe por sí mismo. Todo lo que no es Él, existe gracias a Él. Las cosas son por Él (bi-hi), por sí mismas no existen. En sí, son nada; por Allah (bi-llâh), son lo que son. No se trata de un juego de palabras, sino que es la revelación de la verdad que está en la esencia de las cosas. Comprender lo que significan estas expresiones en toda su radicalidad y a donde nos pueden conducir, es de suma importancia. Por ello, el Corán empieza con la expresión bismil-lâh, con el Nombre de Allah...
Allah es el Nombre que nos ha sido revelado para designar al Existente Obligado (Wâŷib al-Wuŷûd), es decir, Aquél que existe por Sí Mismo, la Razón de todo lo que existe, de Quien al principio sólo sabemos que es el Creador y Señor de los cielos y de la tierra, el origen de todo y el sostén que rige cada cosa y es su Rey. Pero, observando el universo y analizándonos a nosotros mismos, iremos sabiendo más cosas de Él, pues todo es hecho por Él, y es Su Signo en el que Él queda desvelado hasta cierto punto.
Es el Nombre propio del Creador, que es descriptible en los términos que hemos señalado al comienzo. Ese Nombre no puede ser aplicado -ni en su sentido auténtico ni metafóricamente- a otro que no sea Él, el Existente Verdadero. El resto de Nombres que estudiaremos a lo largo de este escrito son adjetivos que nos darán idea de Su Secreto, Su Poder, Su Ciencia, Su Acción, etc. Allah es el Centro (Dzât) al que califican esos Nombres de Trascendencia y Dominio.
No obstante, en lo dicho ya hay claves importantes de una gran relevancia para la vida humana. La Existencia de Allah es absoluta, mientras que la de la criatura es relativa y dependiente. En resumen, sólo Allah existe por Sí, todo lo demás existe gracias a Él. Esto quiere decir que el ser humano es nada en sí, pero es lo que es porque Él quiere que así sea. Es lo que es bi-llâh, en Allah, con Allah, por Allah. Nada tiene la eficacia de Allah. Quien alcanza a comprender lo que esto significa y lo vivencia, ha conseguido descubrir lo fundamental y pasa a existir sobre lo fundamental.
Quien quiera alcanzar a comprender el significado de la palabra Allâh y participar en ella debe sumergirse en el Taálluh, que consiste en concentrar el corazón y la aspiración en Allah, fluyendo con Él, dejando de verse a sí mismo, sin volverse a otra cosa, sin esperar ni temer más que a Él, en consonancia con lo que hemos dicho: “Sólo Él es real, de Él todo depende”.
El aspirante a saborear el significado del Nombre se ve a sí mismo como criatura sin otro soporte que Allah, el Infinito que está en la raíz de todas las realidades. En sí es nada, con Allah es lo que es. Así, pasa a comprender lo que dijo el Profeta (s.a.s.): “Las palabras más verdaderas dichas por un poeta, fueron las de Labîd: Todo lo que no es Allah es vano...”.
Quien se asienta sobre su verdad, dejando atrás todos los espejismos, y conscientemente pasa a depender de su Señor Verdadero, entonces se convierte en ‘Abd Allah (Abdullah). Es el hombre (‘abd) en quien se muestra Allah en toda Su Inmensidad, de lo que resulta que su rango espiritual es el más elevado. En realidad, sólo se comprende la magnitud de lo expuesto cuando se concluye el estudio que vamos a iniciar, pues el Nombre Allah resume en sí todo lo que diremos, y de ahí su grandeza. Es citado al comienzo, porque Él está al principio, pero se entiende su alcance al final, cuando la persona ha entendido y ha realizado en sí todo lo que exigen los demás Nombres. Por tanto, Allah está al comienzo, como sucede en la verdad, pero la conclusión al final supone una resurrección para el hombre, pues se cierra el círculo y surge el ser humano que ha comprendido a su Señor.
En realidad, Allah es el Nombre Supremo (al-Ism al- Á‘zam) y el Conocimiento Más elevado, al ser la síntesis de todo lo que diremos, y accede a su plenitud quien ha ido ascendiendo por lo que los demás Nombres le irán revelando y exigiendo.

EL PUNTO DE PARTIDA Wâŷib al-Wuŷûd el de Existencia Obligada, el Existente por Sí Mismo

Partimos del universo que conocemos como punto de arranque para conocer a su Creador. Estas reflexiones son previas a la entrada en materia, y forman parte del conjunto de recursos del sentido común que guía a los hombres, conformando aquello que en árabe recibe el nombre de Fitra, la naturaleza del ser humano, la constitución interna de su pensamiento, su universo de convicciones íntimas, indisociables de su vida cotidiana. Se trata de la lógica aplastante del hombre común, que es la antesala de toda espiritualidad. Los fundamentos del Islam (Usûl ad-Dìn) se basan en esas intuiciones irreductibles, presentes universalmente.
Y, así, decimos: todas las criaturas y todos los fenómenos que conforman el universo son una sucesión de hechos que no existen por sí mismos, sino que tienen origen en causas determinantes de las que son efectos. Se trata de una cadena lógica que constatamos en todo lo que empieza a existir, y su guía conduce todas nuestras transacciones e intercambios con nosotros mismos y con el mundo. Pero esa misma lógica nos lleva necesariamente a pensar en un Principio Absoluto y Único para todas las cosas, suficiente en sí que explique la existencia y sea su razón última.
En el principio hay algo que necesariamente no obedece a la ley de la causalidad, algo (shay) que todo hombre intuye vagamente y que ha sido origen de las cosas pero que carece en sí de comienzo, una incógnita a despejar, pues el entendimiento recto de las cosas niega el encadenamiento infinito de causas y resultados (tasalsul) o que las cosas sean su propio origen como si fueran previas a sí mismas (dáwr, el ciclo).
Lo llamaremos Wâŷib al-Wuŷûd, literalmente: el de obligada existencia, es decir, Aquél que existe por Sí Mismo, sin depender de una razón anterior, Originador de todas las cosas, Creador de los cielos y de la tierra y de cuanto contienen.
Wâŷib al-Wuŷûd es una expresión artificial elaborada por los pensadores musulmanes para designar el Origen Indeterminado gracias al cual las cosas comienzan a ser y también las sostiene constantemente. Una expresión más coránica es la de Huwa, Él, el pronombre personal que alude al Ausente, Aquél al que aún no distinguimos claramente pero es la razón de nuestro ser. El hombre lo busca desde la noche de los tiempos. El Waŷib al-Wuŷûd es la intuición del hombre cuando indaga por la causa primera de las criaturas. Es, simplemente, una nebulosa inicial sobre la que empezar a proyectar luces con la ayuda de la razón y de la Revelación. Puesto que esta reflexión inicial tiene su raíz en los recursos naturales del hombre, tiene la fuerza de una convicción absoluta, que solo cabe negar violentando la lógica natural de la que está dotado el hombre (es decir, violentando su fitra), sumergiendo la mente en un sin sentido que, si fuera llevado a todos los campos, haría imposible la vida.
Cuando la inteligencia se propone comprender lo que sea ese Wâŷib al-Wuŷûd queda pronto convencida de que se trata de algo obligadamente del todo distinto a lo que conoce, pues todo lo que tiene el hombre frente a sí responde a leyes de causalidad de las que está libre esa Razón de su existencia. Es distinto, indelimitable y único, pues dos principios absolutos diferenciados en esencia son impensables. Efectivamente, al sumergirnos con la reflexión sobre ese Existente Obligado por Sí Mismo abordamos lo eterno carente de límites y bordes.
No obstante, podemos hacer algunas afirmaciones, y del Wâŷib al-Wuŷûd diremos que es Mawŷûd, un Existente, es decir, es objetivo, tiene realidad en Sí, pues si no fuera de ese modo, no habría podido crear nada. Nunca podremos decir que el Wâŷib al-Wuŷûd es la Nada, que no existe positivamente, ni cosas del estilo, porque todo ello carece de sentido. Al contrario, estamos legitimados por el entendimiento recto de las cosas para decir que Él es Mawŷûd, que Él existe, y es Kâin, que es, redundando en su positividad. Más aún, diremos que es Tâbit, Firme, de realidad sólida. Pero aún más, su Existencia (Wuŷûd) es más evidente que la del mundo creado, cuya fugacidad hace relativo su ser.
El Wâŷib al-Wuŷûd, el que existe por Sí Mismo, razón de todas las cosas que dependen de una causa anterior a ellas, es, así, una realidad que necesariamente debe tener un soporte objetivo (Dzât), aun cuando Su realidad nos resulte inaccesible. No es una idea, ni un concepto abstracto, pues nada de ello puede ser creador, mientras que nosotros estamos buscando al Creador Real de todas las cosas.
Así, pues, ese Artífice verdadero de todas las cosas, que carece de existenciador para sí, es Mawŷûd, Kâin y Tâbit. Es más, incluso diremos de esa incógnita que es Shay, algo, una cosa, término de valor indeterminado pero que también nos servirá para subrayar su condición de realidad positiva, exterior al razonamiento y a la imaginación. Ese algo es Su Dzât, su Esencia, de la que podremos hablar adjudicándole Atributos y Cualidades en función de los modos en que se manifiesta en cada cosa que crea.
El Wâŷib al-Wuŷûd, aunque lo hayamos deducido de la necesidad que tiene la existencia de un Existenciador, es el nombre que damos a lo anterior a todas las cosas, y Él no es un producto nuestro, sino que nosotros somos Su resultado, y eso es lo que nos obliga a atribuirle los conceptos anteriores, con los que empezamos a sacarlo de la nebulosa de Su misterio y nos forzamos a seguir indagando sobre algo real.
Otros términos aplicables al Wâŷib al-Wuŷûd nos impiden, sin embargo, caer en simplificaciones. Este segundo grupo de conceptos nos devuelven constantemente al misterio insondable en el que reside el de obligada existencia, protegiéndonos contra concretizaciones simplificadoras. Son los siguientes:
Él es Qadîm, que quiere decir anterior a todas las cosas sin tener principio para Sí.
Él es Azalí, es decir, Él existe en el Ázal, la ausencia de tiempo, pues el tiempo tal como lo conocemos nosotros ha tenido un origen.
Él es Abadí, lo cual quiere decir que Él no tiene final, existiendo en el Ábad, lo que no tiene término final.
Él es Bâqî, Permanente, pues mientras las cosas que conocemos acaban extinguiéndose, Él es constante en el Baqâ, la continuidad eterna.
Él es Dâim, Constante en el Ázal y en el Ábad, en una constancia presente a la que llamamos Dawâm.
Por último, Él es Sarmadí, que significa Ininterrumpido, existiendo en el Sármad, la ininterrupción.
Por otro lado, y en otro orden de cosas, Él es, fundamentalmente, Rabb, Señor, de las criaturas, motor que las mueve, la realidad que las hace reales, prevaleciendo sobre la inconsistencia de los seres. Él es a lo que todo está subordinado, y la existencia entera no es sino la traducción de Su Voluntad. Las criaturas, sin excepción, pues todas son iguales en su esencia[7], necesitan de ese soporte que les dio el ser y lo renueva constantemente en ellas, manteniéndolas en la existencia y aniquilándolas al final de sus días. Se trata de la Rubûbía del Existente por Sí Mismo, Su Soberanía, Su Dominio en todas las cosas, Su Imperio que envuelve y reunifica todos los mundos en la contundencia de Su Presencia eficaz.
La idea de eternidad y constancia son fundamentales, junto a la de Su Presencia Hegemónica en cada realidad. El Existente por Sí Mismo es un origen infinito en Sí pero, además, acompaña a la criatura, la cual en ningún momento puede subsistir si no es continuamente sostenida por lo que la hace ser. Nada hay al margen de Él. Es así por lo que Él es la Verdad y el Señor en todas las cosas.
Los Nombres del Existente por Sí mismo que iremos estudiando -empezando por Su Nombre Propio (Allah)- lo irán retratando, involucrando al ser humano en esa Realidad Absoluta, trasformándolo en la Inmensidad que está en su origen y que es su soporte.




[1] En el Corán se dice: “Ciertamente, en el recuerdo de Allah se relajan los corazones”, 13/28; y también: “El Recuerdo de Allah es lo más grande”, 29/45.
[2] Corán, 37/180.
[3] Daniel Gimaret, en su Les noms divins en Islam, hace balance de los esfuerzos de los lexicógrafos y los pensadores musulmanes sobre la cuestión, pp. 17-35.
[4] Ibn ‘Atâ, al-Qasd al-Muŷarrad, p. 2.
[5] Al-Gazali, al-Máqsid al-Asnà. pp26-27, y ss.
[6] Allah dice en el Corán: “Hemos hecho dignos a los hijos de Adán”, 17/70.
[7] Se llama Ilâh en árabe todo lo que el hombre cree que está por encima de la naturaleza de lo creado y lo sobrepuja. Es el dios (en plural áliha) que adora al considerarlo superior, pero el Islam enseña que sólo Allah es ilâh, es al-Ilâh, el único que escapa a las condiciones creadas, quedando todo lo demás igualado en la subordinación al Único Señor. Para algunos, la expresión al-Ilâh es la raíz de la palabra Allâh.